Después de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio pareció que se oscurecía, y quedó sumido en una meditación profunda que sus compañeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a tomar la palabra.
Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pasó la mano por la frente varias veces, levantó la cabeza, dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y se decidió a hablar, pero en voz baja y contenida, como si aún en aquel desierto hubiese temido que sus palabras fuesen escuchadas por oídos enemigos.
—Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que ha sido criado por los sachems de mi nación; así pues, nada le diré de mí. El gran cazador pálido tiene en su pecho un corazón indio; el Ciervo-Negro le hablará como a un hermano. Hace tres lunas el jefe estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del Misuri, cuando un guerrero Pawnee llegó a rienda suelta, llamó al jefe aparte y habló en secreto con él durante largas horas. ¿Recuerda eso mi hermano?
—Perfectamente, jefe: recuerdo que, después de aquella conversación prolongada, el Zorro-Azul, que así se llamaba el guerrero Pawnee, partió con la misma rapidez con que había llegado; y mi hermano, que hasta aquel momento había estado alegre y gozoso, se tornó triste de improviso. A pesar de las preguntas que dirigí a mi hermano, no quiso revelarme la causa de aquella tristeza súbita, y al día siguiente, al salir el sol, se separó de mí citándome para hoy aquí.
—Sí, respondió el indio, eso es exacto, así pasó todo; pero lo que entonces no podía yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano.
—Mis oídos están abiertos, respondió el cazador inclinándose; temo que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas noticias.
—Mi hermano juzgará, dijo el indio: he aquí las noticias que me trajo el Zorro-Azul. Un día llegó a las orillas del Río del Elk, en donde se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro pálido de los Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los rostros pálidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro pálido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nación, en la orilla opuesta del río, encendió hogueras y acampó. Mi padre, como sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; montó a caballo, y seguido de algunos guerreros, pasó el río y se presentó al extranjero con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza de nuestra nación y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar.
«Aquel rostro pálido era un hombre de elevada estatura, de facciones duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos había blanqueado su cabellera. Al oír las palabras de mi padre, se echó a reír, y respondió:
—»¿Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea?
—»Sí, dijo mi padre.