»Entonces el rostro pálido sacó un gran collar (carta) en el cual estaban dibujadas figuras singulares, y enseñándosele a mi padre, le dijo:

—»Vuestro abuelo pálido de los Estados Unidos me ha concedido la propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del Antílope hasta el lago de los Bisontes. He aquí, añadió dando con el dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho.

»Mi padre y los guerreros que le acompañaban se echaron a reír.

—»Nuestro abuelo pálido, respondió mi padre, no puede dar lo que no le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de caza de mi nación desde que la gran tortuga salió del seno del mar para sostener al mundo sobre su concha.

—»No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro pálido; solo sé que esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse y dejarme su libre goce, yo sabré obligarte a ello.»

—Sí, dijo Tranquilo interrumpiéndole; he ahí el sistema de esos hombres: ¡el asesinato y la rapiña!

—Mi padre se retiró al oír aquella amenaza, continuó diciendo el indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la resistencia. Al día siguiente, al amanecer, los rostros pálidos pasaron el río y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; duró todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero ¿qué podían hacer unos pobres indios contra los rostros pálidos armados con rifles? Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas después la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados desparramados en todas direcciones. Mi padre había sido muerto en la batalla.

—¡Oh! exclamó el canadiense lleno de dolor.

—Aún no es eso todo, repuso el jefe; los rostros pálidos descubrieron la cueva en que se habían refugiado las mujeres de la tribu, y todas, o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse llevándose sus niños, ¡fueron asesinadas a sangre fría con todo el refinamiento de la más horrible barbarie!

El jefe, después de haber pronunciado estas palabras, ocultó el rostro en su manto de piel de bisonte, y sus compañeros oyeron los sollozos que en vano procuraba ahogar.