—He ahí, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunicó el Zorro-Azul: mi padre había muerto en sus brazos legándome su venganza; mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos, obligados a esconderse en el fondo de las selvas más impenetrables, me habían elegido para ser jefe suyo: acepté haciendo jurar a los guerreros de mi nación que, en los rostros pálidos que se apoderaron de nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, habían de vengar todo el mal que nos hicieron. Desde nuestra separación no he desperdiciado un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy todo se halla dispuesto; los rostros pálidos se han adormecido en una seguridad engañosa: su despertar será terrible. ¿Me seguirá mi hermano?
—¡Sí, vive Dios! Le seguiré a V., jefe, y le ayudaré con todo mi poder, respondió Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa. Pero impongo una condición.
—Hable mi hermano.
—La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad; pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades inútiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y el Grande Espíritu sonreirá a sus esfuerzos y le será propicio.
—El Ciervo-Negro no es cruel, respondió el jefe; deja eso para los rostros pálidos; no quiere más que la justicia.
—Lo que dice V. está muy bien, jefe, y me alegro de oírle hablar así. ¿Pero ha tomado V. bien sus medidas? ¿Son sus fuerzas bastante considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros pálidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresión; suceda lo que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles.
El indio se sonrió con desdén y respondió:
—Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos cobardes; las mujeres de los Pawnees les darán unas sayas; el Ciervo-Negro irá con su tribu a establecerse en las grandes praderas de los Comanches, quienes les recibirán como hermanos, y los rostros pálidos no sabrán donde encontrarlos.
—Eso está bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su aldea, ¿no ha mantenido V. espías cerca de los americanos para que le tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para el buen éxito de sus proyectos posteriores.
El Ciervo-Negro se sonrió, pero no contestó, de lo cual dedujo el canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que caracterizan a los hombres de su raza, había adoptado todas las precauciones necesarias para asegurar el buen éxito del golpe de mano que quería intentar contra los nuevos colonos.