Tranquilo, por la educación semi-india que había recibido, y por el odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos que de ellos había recibido: pero con esa rectitud que constituía el fondo de su carácter, no quería dejar que los indios cometiesen con sus enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la determinación que había adoptado tenía doble objeto: primero asegurar, si era posible, el triunfo de sus amigos, y después emplear toda su influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las mujeres y los niños.
Para esto no se ocultó del Ciervo-Negro, y, según hemos visto, impuso como condición expresa de su cooperación, que de seguro no era cosa de desdeñar por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad inútil.
Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrúpulos. Enemigo natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovechó presuroso la ocasión que se le presentaba para hacerles todo el daño posible y vengarse de los malos tratos que había sufrido, sin tomarse la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear, eran completamente inocentes respecto de las injurias que él había recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razón bastaba en demasía para justificar a los ojos del vengativo negro la conducta que se proponía observar cuando llegase el momento oportuno.
Al cabo de algunos instantes el canadiense volvió a tomar la palabra.
—¿Dónde están los guerreros de V.? preguntó al jefe.
—Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos: si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aquí, nos pondremos en marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo más pronto posible, pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia.
—Entonces marchemos, dijo el canadiense; el día aún no está muy adelantado, pero es inútil que perdamos el tiempo en charlar como viejas curiosas.
Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que la manada de los bisontes había trazado en la selva, y muy luego desaparecieron bajo la enramada.