Este medio era él de solicitar una concesión de territorio en la frontera india, desmontar aquel terreno con sus enganchados y sus criados, y vivir allí feliz y ocupado, como un señor de la edad media, en medio de sus vasallos.
Este pensamiento le halagaba tanto más al capitán, cuanto que le parecía que de este modo continuaba en cierto modo sirviendo activamente a su país, puesto que plantaba los primeros jalones de una prosperidad futura, y hacía surgir los primeros resplandores de la civilización en unas tierras entregadas todavía a todos los horrores de la barbarie.
El capitán había estado ocupado durante mucho tiempo con su compañía en defender las fronteras de la Unión contra las depredaciones continuas de los pieles rojas, y en oponerse a sus incursiones. Así pues, tenía un conocimiento superficial, si se quiere, pero suficiente, de las costumbres indias y de los medios que era preciso emplear para no ser hostigado por aquellos vecinos turbulentos.
En el curso de las numerosas expediciones que su servicio le obligó a hacer, el capitán visitó muchas llanuras fértiles, muchos territorios cuyo aspecto le había agradado; pero había uno, sobre todo, cuyo recuerdo quedaba pertinazmente grabado en su memoria: era él de un valle delicioso que vislumbró un día como en un sueño, después de una cacería verificada en compañía de un habitante de los bosques, cacería que duró más de tres semanas y que le llevó insensiblemente más lejos de lo que ningún hombre civilizado había visitado hasta entonces en el desierto.
Hacía más de veinte años que no había vuelto a ver aquel valle, y le recordaba como si le hubiese abandonado la víspera, viéndole, por decirlo así, hasta en sus más mínimos pormenores. Esta obstinación de su memoria para representarle de continuo aquel rincón de tierra, concluyó por fascinar en tal manera la mente del capitán, que, cuando hubo adoptado la resolución de abandonar el servicio y solicitar una concesión, fue allí, y no a ninguna otra parte, a donde resolvió retirarse.
Jaime Watt tenía numerosos protectores en las oficinas de la Presidencia; además, los servicios de su padre y los suyos hablaban muy alto en su favor, y por lo tanto no experimentó dificultad alguna para obtener la concesión que solicitaba.
Le presentaron varios planos levantados anteriormente y mandados copiar hacía mucho tiempo por el gobierno, diciéndole que escogiese el territorio que mejor le conviniese; pero el capitán hacía mucho tiempo que había escogido el que quería. Rechazó los planos que le presentaban, sacó de su bolsillo un gran pedazo de piel de alce curtida, le desdobló y se le enseñó al comisario encargado de las concesiones, diciéndole que no quería más que aquella.
El comisario frunció el entrecejo: era amigo del capitán, y no pudo contener un gesto de espanto al oír su petición.
Aquel terreno estaba situado en medio del territorio indio, a más de cuatrocientas millas de la frontera americana. Era una locura, un suicidio, lo que quería cometer el capitán; le sería imposible mantenerse en medio de las tribus belicosas, que le envolverían por todas partes. No trascurriría un mes sin que fuese desapiadadamente asesinado con toda su familia, y los criados tan faltos de juicio que se atreviesen seguirle.
A todas las objeciones que su amigo aglomeraba sin cesar para hacerle variar de idea, el capitán solo respondía con un movimiento de cabeza acompañado de esa sonrisa propia de los hombres que han adoptado una resolución irrevocable.