Al fin, el comisario, perdiendo toda esperanza de convencerle, y apurados ya sus argumentos, concluyó por decirle de una manera terminante que era imposible darle tal concesión, porque aquel territorio pertenecía a los indios, y además una de sus tribus tenía allí una aldea desde tiempo inmemorial.

El comisario había guardado este argumento para lo último, convencido de que el capitán nada podría oponerle y se vería obligado a modificar, cuando menos, sus proyectos.

El buen comisario se había equivocado: no conocía tan bien como se lo figuraba el carácter de su amigo.

Este, sin alterarse por el gesto triunfante con que el comisario había acompañado su peroración, sacó fríamente de otro bolsillo un segundo pedazo de piel de alce curtida, y sin decir una palabra, se lo presentó a su amigo.

El comisario lo cogió dirigiéndole una mirada interrogadora; el capitán le hizo una seña con la cabeza, indicándole que lo examinase con la vista.

El comisario lo desdobló vacilando. Teniendo en cuenta el modo de proceder del veterano, sospechaba que aquel documento contenía una respuesta perentoria.

En efecto, apenas le hubo examinado un instante, le tiró encima de la mesa con un gesto violento de mal humor.

Aquella piel de alce contenía la venta del valle y de todo el territorio circunvecino, hecha por Itsichaiché o Cara de Mono, uno de los sachems principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes, en su nombre y en el de los demás jefes de la nación, mediante cincuenta fusiles, catorce docenas de cuchillos de desollar, sesenta libras de pólvora, sesenta libras de balas, dos barriles del licor llamado whiskey, y veintitrés uniformes completos de soldados de la milicia.

Cada uno de los jefes había puesto su jeroglífico al pie del acta de venta y debajo del de Cara de Mono.

Diremos al instante que aquel documento era falso, pues en este asunto el capitán había sido completamente engañado por Cara de Mono.