Este jefe, expulsado de la tribu de los Pawnees-Serpientes por varias causas que revelaremos cuando sea ocasión oportuna, había falsificado aquel documento, primero con el objeto de robar al capitán, y después con el fin de vengarse de sus compatriotas, porque sabía muy bien que si Watt obtenía la autorización del gobierno, no vacilaría para apoderarse del valle, fuesen las que quisieran las consecuencias de esta expoliación; el capitán solo había exigido que el piel roja le sirviese de guía, en lo cual consintió el indio sin dificultad alguna.
Ante el acta de venta que tenía a la vista, el comisario hubo de confesarse vencido y dar, de buen o mal grado, la autorización tan pertinazmente solicitada por el capitán.
Tan luego como todos los documentos estuvieron registrados en debida forma, firmados y autorizados con el gran sello, el capitán comenzó los preparativos de su viaje sin perder un solo instante.
Mistress Watt quería demasiado a su marido para oponer la más leve observación a sus proyectos: habiéndose criado ella también en un desmonte poco lejano de la frontera, estaba casi familiarizada con los indios, y la costumbre de verlos le había enseñado a no temerlos. Además, le importaba muy poco el lugar de su residencia con tal que tuviese consigo a su marido.
El capitán, tranquilo por parte de su mujer, puso manos a la obra con la actividad febril que le caracterizaba.
La América es la tierra de los prodigios, es quizás el único país del mundo en que se pueden encontrar, en el espacio de veinticuatro horas, los hombres y las cosas indispensables para la ejecución de los proyectos más excéntricos y descabellados.
El capitán no se hacía ilusiones en manera alguna acerca de las consecuencias probables de la determinación que había adoptado; y por lo tanto, quería precaverse en lo posible contra todas las eventualidades, y procurar la seguridad de las personas que habían de acompañarle al terreno de la concesión, especialmente la de su mujer y sus hijos.
Por lo demás, no tardó mucho en hacer su elección. Entre sus antiguos compañeros, es decir, entre sus antiguos soldados, había muchos que deseaban en extremo seguirle, y sobre todo un sargento viejo, llamado Walter Bothrel, que había servido bajo sus órdenes durante cerca de quince años, y que a la primera noticia que tuvo de la declaración de retiro de su jefe, fue a buscarle y le dijo que, puesto que abandonaba el servicio, era inútil que él permaneciese en las filas, y que estaba seguro de que su capitán no le negaría el favor de permitirle que le siguiese.
La oferta de Bothrel fue aceptada con júbilo por el capitán, que conocía a fondo a su sargento, especie de perro por lo fiel, hombre de un valor a toda prueba, y con el cual podía contar por completo.
Al sargento fue a quien el capitán confió el encargo de organizar el destacamento de cazadores que se proponía llevar consigo para defenderse, si a los indios se les antojaba atacar a la nueva colonia.