Bothrel cumplió la orden que había recibido con esa conciencia inteligente que empleaba en todas las cosas, y muy luego encontró en la misma compañía del capitán treinta hombres resueltos y fieles que se alegraron infinito de seguir la fortuna de su ex-jefe y unirse a él.
El capitán, por su parte, había enganchado unos quince obreros de todas clases, herreros, carpinteros, etc., que le firmaron un compromiso por cinco años, con arreglo al cual, trascurrido este espacio de tiempo, y mediante un ligero censo, serían dueños del terreno que el capitán les concediese, y en el cual se establecerían con sus familias. Aún este mismo censo había de caducar al cabo de cierto tiempo.
Estando ya terminados, por fin, todos los preparativos, los colonos, en número de cincuenta hombres y unas doce mujeres próximamente, se pusieron en marcha para dirigirse al territorio de la concesión. Era a mediados de mayo, y llevaban consigo una larga hilera de carros cargados con géneros de todas clases y un numeroso rebaño de reses destinadas a alimentar a la colonia y a dar crías.
Cara de Mono servía de guía, según se había convenido. Haciendo al indio la justicia debida, diremos que desempeñó concienzudamente la misión de que se había encargado, y que durante un largo viaje de cerca de tres meses, atravesando desiertos infestados de fieras de todas clases y surcados en todas direcciones por hordas de indios salvajes, logró librar a aquellos a quienes dirigía de la mayor parte de los peligros que a cada paso les amenazaban.
[VII.]
CARA DE MONO.
Ya hemos visto de qué modo se apoderó el capitán del territorio que le había sido concedido. Ahora vamos a explicar cómo se estableció en él y qué precauciones adoptó para no ser molestado por los indios a quienes tan brutalmente había desposeído, y que, según el carácter vengativo que ya les conocía, probablemente no se darían por vencidos y no dejarían de probar fortuna de un momento a otro para tomar una revancha sangrienta y una venganza terrible por el insulto que recibieron.
El combate contra los indios fue rudo y encarnizado; pero, merced a Cara de Mono, que había revelado al capitán los puntos más débiles del Atepelt (aldea), y merced sobre todo a la superioridad de las armas de fuego de los americanos, los indios se habían visto fatalmente obligados a emprender la fuga y abandonar a los vencedores cuanto poseían, triste botín que solo consistía en pieles de animales y en algunas vasijas hechas con tosca arcilla.