El capitán, tan luego como fue dueño de la plaza, comenzó su obra y principió a fundar la nueva colonia. Comprendía la necesidad de ponerse lo más pronto posible al abrigo de un golpe de mano.
El sitio que ocupaba la aldea fue completamente desembarazado de las ruinas que le obstruían; luego los jornaleros se pusieron a nivelar el suelo y a abrir un foso circular de seis metros de anchura y cuatro de profundidad, al que, por medio de un canal, se puso en comunicación con el afluente del Misuri por un lado, y por el otro con el mismo río. Detrás de este foso, y en lo alto del talud formado por las tierras extraídas y allí amontonadas, plantaron una hilera de estacas de cuatro metros de altura unidas unas a otras por medio de fuertes garfios de hierro, cuidando de dejar intervalos casi invisibles por los cuales era fácil pasar el cañón de un rifle y hacer fuego a cubierto. En este atrincheramiento se practicó una puerta bastante ancha para que por ella pudiese pasar un carro cargado, y que comunicaba con el exterior por medio de un puente levadizo echado sobre el foso y que se alzaba todos los días al ponerse el sol.
Una vez adoptadas estas precauciones preliminares, una extensión de terreno de cuatro mil metros cuadrados próximamente quedó rodeada de agua y defendida en todos sus puntos por una empalizada, excepto en la parte que daba al Misuri, en donde se había considerado que la anchura y la profundidad del río ofrecían suficientes garantías de seguridad.
En el espacio libre que quedaba dentro de la empalizada fue donde el capitán se dispuso a construir los edificios y dependencias de la colonia.
Al principio, y como se practica en todos los desmontes, los edificios habían de ser tan solo de madera, es decir, construidos con troncos de árboles a los cuales se les dejaba la corteza; la madera no escaseaba, merced al bosque situado cuando más a cien metros de distancia de la colonia.
Los trabajos fueron impulsados con tal actividad, que dos meses después de la llegada del capitán a aquel sitio, todos los edificios estaban terminados y la distribución interior casi completa.
En el centro de la colonia y sobre una eminencia formada al efecto, habían construido una especie de torre octógona de unos veinticinco metros de altura, cuyo techo formaba terrado, y dividida en tres pisos: en el bajo estaban la cocina y las habitaciones comunes; los cuarto superiores estaban destinados a los individuos de la familia y de su servidumbre, es decir, al capitán, a su mujer, a sus dos hijos, a las dos criadas de estos, muchachas jóvenes y vigorosas del Kentucky, de mejillas rosadas y abultadas, y cuyos nombres eran Betzy y Emmy; a la cocinera mistress Margaret, respetable matrona que entraba ya en su noveno lustro, aunque solo confesaba treinta y cinco años de edad y todavía tenía pretensiones de belleza, y por último, al sargento Bothrel. Aquella torre estaba cerrada con una puerta muy sólida, forrada de hierro, y en cuyo centro se abría un postigo para reconocer a los que llamaban.
A diez metros próximamente de la torre, y comunicando con ella por medio de un pasadizo subterráneo, estaban la habitación de los cazadores, la de los obreros de todas clases, y por último, la de los pastores y labradores.
Después se veían las cuadras para los caballos y los establos para las reses.
Luego, diseminados en varios puntos, extensos cobertizos, grandes talleres y vastos almacenes destinados a guardar los productos de la colonia.