Pero estos diferentes edificios habían sido construidos de modo que estaban aislados y bastante lejos unos de otros para que, en caso de incendio (y esto era lo que se había tenido presente para colocarlos así), la pérdida de un edificio no produjese irremisiblemente la de otro. De trecho en trecho se habían abierto varios pozos, con el fin de distribuir agua abundante por todas partes sin necesidad de ir a buscarla al río.
En fin, para resumir, diremos que el capitán, como soldado viejo, experimentado y acostumbrado a todos los ardides de la guerra de las fronteras, había adoptado las precauciones más minuciosas para precaver un ataque, y sobre todo para evitar una sorpresa.
Habían trascurrido tres meses desde que se establecieron allí los norteamericanos. Aquel valle, en otro tiempo inculto y cubierto de bosques, se hallaba ya labrado en su mayor parte; los desmontes, verificados en grande escala, habían llevado los linderos de la selva a cerca de dos kilómetros de la colonia; todo ofrecía la imagen de la prosperidad y del bienestar en aquel sitio en que tan poco tiempo antes la incuria de los pieles rojas dejaba que la naturaleza produjese con entera libertad los pocos pastos indispensables para sus ganados.
En el interior de la colonia, todo ofrecía el espectáculo más vivo y animado, mientras que fuera, las reses pastaban bajo la custodia de algunos ganaderos montados y bien armados; los árboles seculares caían bajo los repetidos hachazos de los jornaleros; dentro, todos los talleres estaban en plena actividad, densas columnas de humo se alzaban de las fraguas, el ruido de los martillazos se mezclaba con el rechinar de las sierras; en las orillas del río, enormes pilas de tablas se alzaban a poca distancia de otros rimeros de leña; varias embarcaciones estaban amarradas en la playa, y de vez en cuando se oían resonar a lo lejos los tiros de los cazadores que ejecutaban una batida en el bosque con el fin de proveer de caza a la colonia.
Eran próximamente las cuatro de la tarde. El capitán, montado en un magnífico caballo negro y cuatralbo, cruzaba al paso una pradera recientemente desmontada.
Una sonrisa de satisfacción íntima animaba el rostro severo del antiguo soldado al ver el cambio prodigioso que su voluntad y su febril actividad habían verificado en tan poco tiempo en aquel rincón de tierra ignorado, llamado en un porvenir no lejano, según toda probabilidad, a adquirir una gran importancia comercial debida a su posición tan ventajosa. Acercábase a la colonia, cuando un hombre, oculto hasta entonces detrás de un montón de cepas y raíces de árboles colocadas allí para secarse, apareció súbitamente junto a él.
El capitán reprimió un gesto de mal humor al ver a aquel hombre, que era Cara de Mono.
Diremos aquí algunas palabras acerca de este personaje, que está llamado a representar un papel bastante importante en la presente narración.
Itsichaiché era un hombre de unos cuarenta años, de elevada estatura y bien formado; tenía un rostro astuto y ratero, animado por dos ojos muy pequeños; su nariz encorvada en forma de pico de papagayo, y su boca grande, con labios delgados y comprimidos, le daban una expresión ladina y malvada que, no obstante la obsequiosidad cautelosa y zalamera de sus modales y la dulzura calculada de su voz, inspiraba una repulsión instintiva e invencible a todos aquellos a quienes la casualidad ponía en contacto con él.
Al revés de lo que por lo general suele suceder, la costumbre de verle, en vez de disminuir y desterrar esta impresión desagradable, la acrecentaba más y más.