Había cumplido honrada y concienzudamente sus deberes de guía conduciendo a los norteamericanos sin tropiezo alguno hasta el sitio a donde se dirigían; pero desde aquella época se había quedado con ellos, y por decirlo así, se había avecindado en la colonia en donde andaba de un lado para otro a su antojo, sin que nadie se cuidase de lo que hacía.

Algunas veces desaparecía sin decir una palabra, permanecía ausente durante algunos días, y luego volvía de improviso, sin que fuese posible arrancarle ningún dato, ni saber lo que había hecho, ni a donde había ido.

Sin embargo, había una persona a quien el semblante sombrío del indio había causado constantemente un terror vago, y que nunca pudo dominar la repulsión que le inspiraba, sin que le fuese dado explicar en qué se fundaba aquel sentimiento que experimentaba: aquella persona era mistress Watt. El amor maternal hace ser muy perspicaz: la joven adoraba a sus hijos, y cuando algunas veces el piel roja fijaba por casualidad una mirada indiferente en las inocentes criaturas, la pobre madre sentía un estremecimiento en todos sus miembros, y se apresuraba a apartar de la vista de aquel hombre a los dos tiernos seres que eran todo para ella en este mundo.

Algunas veces había procurado hacer que su marido compartiese sus temores; pero a todas sus observaciones contestaba tan solo el capitán encogiéndose de hombros de un modo significativo, suponiendo que con el tiempo se debilitaría aquella impresión y concluiría por desaparecer. Sin embargo, como mistress Watt volvía de continuo a la carga con la perseverancia y la obstinación de una persona cuyas ideas están positivamente fijadas y no han de variar, el capitán, impacientado y no teniendo razón alguna plausible para proteger contra su mujer, a quien amaba y respetaba, a un hombre hacia el cual no sentía la más leve estimación ni simpatía, le prometió por fin que la desembarazaría de él; y como en aquel momento hacía algunos días que el indio se hallaba ausente de la colonia, formó el propósito de verle en cuanto volviese y pedirle una explicación de su conducta misteriosa: en el caso de que el indio no le diese una respuesta categórica y satisfactoria, le diría de una manera terminante que no quería volverle a ver en la colonia, y que por lo tanto se alejase al momento y para siempre.

He ahí en que disposición de ánimo se hallaba el capitán respecto de Cara de Mono, cuando la casualidad colocó a éste en su camino, en el momento en que menos lo esperaba.

Al ver al indio, el capitán paró a su caballo.

—¿Está mi padre visitando el valle? le dijo el Pawnee.

—Sí, contestó el capitán.

—¡Oh! repuso el indio dirigiendo una mirada en torno suyo, todo ha variado mucho: ahora las reses de los Grandes Cuchillos del Oeste pastan tranquilamente en el territorio de que fueron, desposeídos los Pawnees-Serpientes.

El indio pronunciaba estas palabras con una voz triste y melancólica que dio en que pensar al capitán, y le inspiró cierta inquietud.