—¿Es pesar lo que quiere V. manifestar, jefe? le preguntó. Me parecería eso muy inoportuno, sobre todo en boca de V., que fue quien me vendió el territorio que ocupo.

—Es verdad, dijo el indio moviendo la cabeza; Cara de Mono no tiene derecho para quejarse: él fue quien vendió a los rostros pálidos del Oeste el terreno en que descansan sus padres, y en donde él mismo y sus hermanos han cazado tantas veces el elk y el jaguar.

—Vamos, jefe, le encuentro a V. lúgubre hoy: ¿qué tiene V? ¿Estaba V. acostado esta mañana sobre el lado izquierdo al despertar? dijo el capitán aludiendo a una de las supersticiones más acreditadas entre los indios.

—No, repuso el indio, el sueño de Cara de Mono ha estado exento de malos pronósticos, nada ha venido a alterar la tranquilidad de su alma.

—Felicito a V. por ello, jefe.

—Mi padre dará tabaco a su hijo a fin de que fume la pipa de la amistad a su regreso.

—Puede ser, pero antes tengo que hacer a V. una pregunta.

—Mi padre puede hablar, los oídos de su hijo están abiertos.

—Hace ya mucho tiempo, jefe, que nos hallamos establecidos aquí.

—Sí, está comenzando la cuarta luna.