—En efecto, desde nuestra llegada nos ha dejado V. muchas veces sin avisarnos.

—¿Para qué? Supongo que el aire y el espacio no pertenecen a los rostros pálidos, el guerrero Pawnee es dueño de ir a donde mejor le parezca. Era un jefe afamado en su tribu.

—Todo eso puede ser muy cierto, jefe, y no me importa en manera alguna; pero lo que me importa mucho es la seguridad de mi familia y de los hombres que me han acompañado hasta aquí.

—¿Pues en qué puede atentar Cara de Mono a esa seguridad? dijo el piel roja.

—Voy a decírselo a V., jefe; escúcheme atentamente, pues lo que voy a manifestarle es muy serio.

—Cara de Mono no es más que un pobre indio, respondió el piel roja con ironía; el Gran Espíritu no le ha dado el talento claro y sutil de los rostros pálidos; sin embargo, procurará comprender.

—No es V. tan sencillo como quiere aparentarlo en este momento, jefe. Estoy seguro de que me comprenderá V. perfectamente si quiere tomarse ese trabajo.

—El jefe procurará hacerlo.

El capitán contuvo a duras penas un movimiento de impaciencia, y continuó diciendo:

—No estamos aquí en una de las grandes ciudades del interior de la Unión americana, en donde la ley protege a los ciudadanos y garantiza su seguridad; todo lo contrario, nos hallamos en el territorio de los pieles rojas, alejados de toda protección que no sea la de nuestras propias fuerzas; de nadie podemos aguardar auxilio, y estamos rodeados de enemigos vigilantes que acechan el momento propicio para atacarnos y asesinarnos si pueden; así pues, es deber nuestro velar con el mayor cuidado por nuestra seguridad, que se vería gravemente comprometida por la imprudencia más leve. ¿Comprende V. eso, jefe?