—Sí, mi padre ha hablado bien; su cabeza está cenicienta; su sabiduría es grande.
—Así pues, repuso el capitán, debo vigilar con el mayor cuidado los pasos de todas las personas que más o menos directamente pertenecen a la colonia; y cuando su conducta me parezca sospechosa, debo pedirles explicaciones que no tienen derecho para negarme. Ahora bien, jefe, me veo obligado a confesar a V. con sumo sentimiento que la vida que lleva V. de algún tiempo a esta parte me parece más que sospechosa, que ha llamado mi atención, y que espero me dé V. una contestación que disipe mis dudas.
El piel roja había permanecido impasible; ni un músculo de su rostro se había movido. El capitán, que le examinaba atentamente, no pudo sorprender en sus facciones la más leve huella de emoción. El indio aguardaba ya la pregunta que en aquel momento le dirigían, y se hallaba dispuesto a contestar.
—Cara de Mono ha conducido a mi padre y a sus hijos desde las grandes aldeas de piedra de los Grandes Cuchillos del Oeste hasta aquí. ¿Ha tenido mi padre que dirigir alguna reconvención al jefe?
—Ninguna, tengo que confesarlo, respondió el capitán con franqueza; ha desempeñado V. su encargo honradamente.
---¿Por qué ahora cubre una piel el corazón de mi padre y se ha introducido en su alma la sospecha respecto de un hombre contra el cual confiesa él mismo que nunca ha podido formular la más leve reconvención? ¿Es ésa, por ventura, la justicia de los rostros pálidos?
—No nos salgamos de la cuestión, jefe, y sobre todo no la alteremos, si V. gusta, porque yo no podría seguirle en todos sus circunloquios indios. Así pues, me limitaré a significarle a V. de una manera explícita que, si no quiere decirme claramente el motivo de sus reiteradas ausencias y darme una prueba positiva de su inocencia, no volverá V. a poner los pies en el interior de la colonia, y le obligaré a alejarse para siempre del territorio que ocupo.
Un relámpago de odio chispeó en los ojos del piel roja; pero apagando instantáneamente la llama de su mirada, respondió con su voz más dulce:
—Cara de Mono es un pobre indio; sus hermanos le rechazaron por razón de su amistad con los rostros pálidos, y esperaba encontrar entre los Grandes Cuchillos del Oeste, ya que no cariño, al menos gratitud por los servicios que les prestó. Se ha equivocado.
—No se trata ahora de eso, repuso el capitán impacientado; ¿quiere V. contestar, sí o no?