El indio se puso derecho, y acercándose a su interlocutor bastante cerca para tocarle, le lanzó una mirada de cólera y de reto, y le dijo:
—¿Y si me niego a contestar?
—¡Si te niegas, miserable, te prohíbo que vuelvas a presentarte delante de mí en tiempo alguno; y si te atreves a desobedecerme, te castigaré con el látigo con que pego a mis perros!
Apenas hubo pronunciado el capitán estas palabras insultantes cuando ya se arrepintió: estaba solo y sin armas con el hombre a quien acababa de inferir una injuria mortal, y por lo tanto trató de arreglar el asunto diciendo:
—Pero Cara de Mono es un jefe, es prudente, y me responderá, porque sabe que le estimo.
—¡Mientes! Perro de los rostros pálidos, exclamó el indio rechinando los dientes con rabia; ¡me odias casi tanto como yo te odio!
El capitán, exasperado, levantó la fusta que llevaba en la mano; pero en el mismo instante, el indio, saltando como una pantera, se lanzó sobre la grupa del caballo, levantó de la silla al capitán, le arrojó rudamente al suelo, y cogiendo las riendas, le dijo:
—Los rostros pálidos son unas viejas cobardes; los guerreros Pawnees los desprecian y les enviarán unas sayas.
Después de haber pronunciado estas palabras con un tono de amargo sarcasmo, que sería imposible reproducir, el indio se inclinó sobre el cuello del caballo, aflojó las riendas, lanzó una carcajada estridente y partió a escape tendido, sin cuidarse del capitán a quien abandonó medio aturdido y contuso por su caída.
Jaime Watt no era hombre capaz de sufrir un trato semejante sin procurar vengarse; se levantó tan de prisa como pudo, y llamó a gritos para que acudiesen junto a él los cazadores y los leñadores diseminados por la llanura.