Algunos vieron una parte de lo ocurrido y se precipitaron presurosos para auxiliar a su capitán; pero mientras llegaban a donde él estaba y les explicaba el suceso dándoles sus órdenes para que persiguiesen de una manera encarnizada al fugitivo, éste había desaparecido ya en medio de la selva, que era a donde había dirigido su rápida carrera.
Sin embargo, los cazadores, a cuyo frente se había puesto el sargento Bothrel, se precipitaron en persecución del indio jurando cogerle vivo o muerto.
El capitán les siguió con la mirada hasta que los hubo visto internarse unos después de otros entre los árboles; en seguida regresó a la colonia con paso lento, reflexionando acerca de la escena que acababa de mediar entre el piel roja y él, y con el corazón oprimido por un presentimiento sombrío. Un instinto secreto le decía que, para que Cara de Mono, por lo general tan prudente y circunspecto, hubiese obrado de aquel modo, era preciso que se juzgase muy fuerte y muy seguro de la impunidad.
[VIII.]
LA DECLARACIÓN DE GUERRA.
Hay un hecho incomprensible que muchas veces, durante el curso accidentado de nuestras largas peregrinaciones por América, hemos tenido ocasión de comprobar, y es que con frecuencia, sin que sea posible explicar el sentimiento que se experimenta, se adivina, por decirlo así, la aproximación de una desgracia; se sabe que se está amenazado, aunque sin poder fijar cuando ni como llegará el peligro; el día parece que se pone más sombrío; los rayos del sol pierden su brillo; los objetos exteriores toman una apariencia lúgubre; hay en el aire estremecimientos singulares; en fin, parece que todo se resiente de la impresión de una inquietud indefinida y vaga.
Sin que nada hubiese llegado a justificar los temores del capitán después de su altercado con el Pawnee, no solo él, sino la población entera de la colonia se encontraba, en la misma noche de aquel día, bajo la influencia de un terror secreto.
A las seis, como de costumbre, habían tocado la campana para llamar a los leñadores y los ganaderos; todos habían regresado, las reses habían sido encerradas en sus respectivos establos, y en la apariencia, al menos, nada extraordinario parecía que había de turbar la vida tranquila de los colonos.