El sargento Bothrel y sus compañeros habían perseguido durante varias horas a Cara de Mono; pero solo encontraron el caballo de que tan audazmente se apoderó el indio, y que probablemente abandonó después para ocultar sus huellas con más facilidad.

Ningún rastro de indio existía en los alrededores de la colonia. Sin embargo, el capitán, más inquieto de lo que aparentaba, había doblado los centinelas destinados a velar por la común seguridad, y mandó al sargento que cada dos horas patrullase por los atrincheramientos.

Luego que se hubieron adoptado estas diferentes precauciones, la familia y los criados se reunieron en la sala baja de la torre para la velada, según la costumbre establecida desde los primeros días de residencia.

El capitán, sentado en un gran sillón junto al fuego, porque las noches comenzaban a ser frescas, solía leer en algún libro antiguo de teoría militar, mientras que mistress Watt se ocupaba con sus criadas en repasar la ropa de la casa.

En aquella noche, el capitán, en vez de leer, permanecía con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en el fuego, y parecía que reflexionaba profundamente.

Al fin levantó la cabeza, y volviéndose hacia su mujer, le dijo:

—¿No oyes cómo lloran los niños?

—En verdad que no sé que tienen hoy, respondió la joven; no se les puede acallar. Hace lo menos una hora que Betzy está con ellos, y no consigue dormirlos.

—Ve allá, hija mía, quizás sea eso más conveniente que dejarlos confiados así al cuidado de una criada.

Mistress Watt salió sin responder, y muy luego se oyó su voz en el piso superior, que era donde estaba situado el cuarto de los niños.