El capitán se dirigió entonces al viejo sargento que estaba en un rincón de la sala ocupado en componer un yugo, y le dijo:

—¿Con que según eso, Bothrel, les ha sido a VV. imposible alcanzar a ese maldito indio que tan rudamente me tiró al suelo esta tarde?

—Ni hemos podido verle, mi Capitán, respondió el sargento; esos indios parecen culebras; por todas partes se deslizan. Afortunadamente he encontrado a Boston; el pobre animal parecía que se alegraba mucho de vernos.

—Sí, sí, Boston es un noble animal, y hubiera sido para mí un gran sentimiento el perderle. ¿No le ha herido el indio? Ya sabe V. que esos demonios tienen la costumbre de tratar bastante mal a los caballos.

—Nada tiene según he podido ver. Probablemente el indio se habrá visto obligado a abandonarle al conocer que le íbamos persiguiendo.

—Así debe ser. ¿Ha examinado V. cuidadosamente las cercanías?

—Con el mayor esmero, mi Capitán, y nada sospechoso he visto. Los pieles rojas se han de mirar mucho antes de atacarnos; les sacudimos demasiado de firme para que lo hayan olvidado.

—No opino como V., Bothrel; los indios son muy vengativos. Estoy convencido de que querrán vengarse de nosotros, y de que algún día, quizás muy próximo, les oiremos lanzar su grito de guerra en el valle.

—No lo deseo, si he de decir la verdad; pero creo que si se aventuran a hacerlo, se encontrarán con la horma de su zapato.

—También yo lo creo; pero sería una triste sorpresa la que nos diesen, sobre todo ahora que, merced a nuestros trabajos y cuidados, nos hallamos próximos a recibir el premio de nuestras fatigas y a obtener ya algún resultado.