—Es verdad, sería sensible, porque un ataque de esos bandidos nos causaría pérdidas incalculables.
—Desgraciadamente no podemos hacer más que mantenernos alerta, sin que nos sea dado prevenir los proyectos que sin duda están formando contra nosotros esos diablos rojos. ¿Ha colocado V. bien los centinelas según se lo encargué, Bothrel?
—Sí, mi Capitán, y sobre todo les he mandado que estén muy vigilantes. No creo que los Pawnees, por muy astutos que sean, logren sorprendernos.
—No hay que asegurar nada, Bothrel, respondió el capitán moviendo la cabeza con aire de duda.
En el mismo instante, y como si la casualidad hubiese querido darle la razón, se agitó con fuerza la campana situada en el recinto exterior y que servía para avisar a los habitantes de la colonia que alguien solicitaba entrar.
—¿Qué significa eso? exclamó el capitán mirando a un reloj colgado de la pared en frente de él; son cerca de las ocho de la noche: ¿quién puede venir tan tarde? ¿No ha regresado ya toda nuestra gente?
—Sí, mi Capitán, nadie ha quedado fuera. Jaime Watt se levantó; cogió su rifle, y haciendo una seña al sargento para que le siguiese, se dispuso a salir.
—¿A dónde quieres ir, amigo mío? le preguntó una voz inquieta y dulce.
El capitán se volvió y se encontró con su mujer, que había entrado de nuevo en la sala sin que él la viese.
—¿No has oído la campana? le dijo. Alguien solicita entrar.