—Sí, ya lo he oído; ¿pero eres tú quien debe ir a abrir la puerta a estas horas?
—Mistress Watt, respondió el capitán con frialdad pero con energía, soy el jefe de esta colonia, y precisamente a estas horas es cuando debo ir a abrir la puerta, porque puede ser peligroso hacerlo, y me corresponde dar a todos ejemplo de valentía y de la manera en que se ha de cumplir el deber.
En aquel momento sonó por segunda vez la campana.
—¡Partamos! añadió el capitán volviéndose hacia el sargento.
La joven no contestó y se dejó caer sobre un sillón, muy pálida y estremeciéndose de inquietud.
Entre tanto el capitán había salido, seguido de Bothrel y de cuatro cazadores, armados todos con rifles.
La noche estaba oscura, no había ni una sola estrella en el cielo, que estaba muy negro; era imposible distinguir los objetos a la distancia de dos pasos; una brisa fría bramaba sordamente. Bothrel había cogido una linterna para alumbrar el camino.
—¿Cómo es que el centinela colocado en el puente levadizo no ha dado el quién vive? preguntó el capitán.
—Quizás habrá temido dar la alarma, sabiendo que desde la torre oiríamos el sonido de la campana.
El capitán murmuró algunas palabras de disgusto y continuaron avanzando. Muy luego oyeron un ruido sordo de voces, y prestaron atento oído. Era el centinela quien hablaba.