—Paciencia, decía; ya vienen; veo brillar una linterna, y solo tendrán VV. que aguardar algunos minutos. Únicamente les aconsejo, por su propio interés, que no se muevan, pues de lo contrario les planto a VV. un balazo.
—¡Diablo! respondió desde fuera una voz burlona, entienden VV. ahí dentro la hospitalidad de una manera singular. No importa; aguardaré, y puede V. levantar el cañón de su rifle, pues no tengo la pretensión de lanzarme yo solo a dar el asalto.
En aquel momento llegó el capitán a los atrincheramientos.
—¿Qué hay, Bob? preguntó al centinela.
—A la verdad que no lo sé a punto fijo, mi Capitán, respondió Bob. Allí, en la orilla del foso, hay un individuo que se ha empeñado en entrar.
—¿Quién es V. y qué quiere? gritó el capitán.
—Y V., ¿quién es? replicó el desconocido.
—Soy el capitán Jaime Watt, y le advierto que la entrada en la colonia les está vedada, a estas horas, a los vagabundos desconocidos. Vuelva V. a la salida del sol, y quizás entonces consentiré en dejarle penetrar en el interior de mi posesión.
—Tenga V. cuidado con lo que va a hacer, respondió el forastero; su obstinación en dejarme en la orilla de este foso podrá costarle cara.
—Tenga V. cuidado a su vez, replicó el capitán con impaciencia, que no estoy de humor para escuchar amenazas.