Le fue más fácil de lo que pensaba el ponerse de nuevo en contacto con sus compatriotas. Estos vagaban dispersos y llenos de desesperación por los bosques inmediatos a la colonia.

Cara de Mono se presentó audazmente a ellos; se guardó muy bien de revelarles que él era la única causa de las desgracias que les abrumaban. Por el contrario, les expuso como un mérito su regreso, diciéndoles que la noticia de las calamidades que de improviso habían caído sobre ellos era la causa exclusiva de su llegada; que si hubiesen continuado siendo felices, nunca le habrían visto; pero que ante una catástrofe tan espantosa como la que les había abrumado, todo sentimiento debía desaparecer y ceder el puesto a la venganza común que era preciso tomar de los rostros pálidos, esos implacables y eternos enemigos de la raza roja.

En resumen, supo hacer tan bello alarde de buenos sentimientos, supo presentar bajo un aspecto tan favorable el paso que daba en aquel momento, que consiguió engañar completamente a los indios, y persuadirles de la pureza de sus intenciones y de su buena fe. Entonces, con la diabólica inteligencia de que se hallaba dotado, urdió una vasta trama contra los americanos, trama en la cual tuvo la habilidad de hacer que entrasen otros pueblos indios aliados de su tribu, y al paso que en la apariencia seguía siendo amigo de los colonos, organizó y preparó silenciosamente su completa ruina.

La influencia que en poco tiempo había logrado adquirir sobre su tribu era inmensa; solo tres hombres conservaban contra él una desconfianza instintiva, y vigilaban con el mayor cuidado todos sus actos: estos tres hombres eran el cazador canadiense Tranquilo, el Ciervo-Negro y el Zorro-Azul.

Tranquilo no acertaba a explicarse la conducta del jefe: le parecía extraordinario que este hombre hubiese llegado a ser tan amigo de los americanos: varias veces le había pedido explicaciones acerca de esto; pero Cara de Mono nunca le respondió sino de una manera ambigua, o bien eludió la cuestión.

Tranquilo, cuyas sospechas se acrecentaban de día en día, y que tenía empeño en saber de un modo positivo a que atenerse respecto de aquel hombre cuyos manejos le parecían cada vez más sospechosos, consiguió que en el gran consejo de la nación le designasen con el Ciervo-Negro para ir a llevar la declaración de guerra al capitán Watt.

A Cara de Mono le disgustó la elección de los enviados, pues sabía que eran secretamente enemigos suyos; pero disimuló su resentimiento con tanto más motivo, cuanto que las cosas estaban demasiado adelantadas ya para retroceder, y todo se hallaba dispuesto para la expedición.

Así pues, Tranquilo y el Ciervo-Negro partieron con el encargo de declarar la guerra a los rostros pálidos.

—O mucho me equivoco, decía el canadiense a su amigo mientras iban andando, o estoy seguro de que vamos a saber algo nuevo acerca de Cara de Mono.

—¿Lo cree V. así?