Sus enemigos más encarnizados fueron naturalmente los sacerdotes, es decir, los brujos, a quienes en varias ocasiones había tratado de poner en ridículo.

Desde el momento en que Cara de Mono se hubo malquistado con el omnipotente partido de los brujos, se hundieron sus proyectos ambiciosos; todas sus intrigas fracasaron, pues una oposición sorda derribaba constantemente los proyectos que él formaba en el mismo momento en que creía verlos alcanzar buen éxito.

Durante un espacio de tiempo bastante largo, el jefe, no sabiendo a quien culpar, se mantuvo prudentemente en la defensiva, vigilando de una manera activa los pasos de sus enemigos, y aguardando con la paciencia astuta que constituía el fondo de su carácter a que la casualidad llegase a revelarle el nombre del hombre en quien debía recaer su venganza. Como todas sus medidas estaban muy bien tomadas, no tardó en descubrir que aquel a quien debía atribuir los continuos descalabros que sufría, no era sino el brujo principal de la tribu.

Este brujo era un anciano querido y respetado de todos por razón de su sabiduría y su bondad. Cara de Mono disimuló su odio durante algún tiempo; pero un día en pleno consejo, a consecuencia de una discusión bastante fuerte, se dejó arrebatar por la ira, y precipitándose sobre el desventurado anciano, le dio de puñaladas delante de todos los jefes de su tribu, sin que los circunstantes pudiesen oponerse a la realización de su intento.

El asesinato del brujo llevó a su colmo el horror que inspiraba aquel miserable; en el acto los jefes le expulsaron del territorio de la nación, negándole el fuego y el agua, y amenazándole con los mayores castigos si se atrevía a presentarse delante de ellos.

Cara de Mono, harto débil para resistirse a la ejecución de esta sentencia, se alejó con el corazón henchido de rabia y profiriendo las amenazas más terribles.

Ya hemos visto de qué manera se vengó vendiendo el territorio de su tribu a los americanos, y causando así la ruina de los que le habían castigado. Pero tan luego como hubo conseguido esa venganza que por tanto tiempo anhelara, se verificó una trasformación singular en el corazón de aquel hombre. La vista de aquella comarca en que él nació y en donde descansaban las cenizas de sus padres despertó en él, con suma intensidad, el sentimiento de la patria, sentimiento que juzgaba ya muerto y que solo estaba adormecido en el fondo de su corazón.

La vergüenza por la acción odiosa que había cometido entregando a los enemigos de su raza los territorios de caza que él mismo había recorrido con plena libertad durante tanto tiempo, el encarnizamiento con que los americanos se ocupaban en variar el aspecto de la comarca y en destruir sus árboles seculares, cuya sombra había cobijado los consejos celebrados por su nación, todas estas razones reunidas le habían hecho reflexionar; y desesperado por el sacrilegio que el odio le impulsara a cometer, procuró acercarse de nuevo a sus compatriotas con el fin de ayudarles a recobrar lo que por su culpa habían perdido.

Es decir resolvió hacer traición a los amigos nuevos en provecho de los antiguos.

Aquel hombre se hallaba desventuradamente lanzado a una senda fatal en la que cada paso que daba debía ser señalado por un crimen.