[IX.]

LOS PAWNEES SERPIENTES.


Aclararemos ahora algunos puntos de esta narración que pueden parecerle oscuros al lector.

Los pieles rojas, por grandes que sean sus defectos, profesan a las comarcas en que han nacido un cariño que raya en fanatismo y al que nada puede sustituir.

Cara de Mono no había mentido cuando dijo al capitán Jaime Watt que él era uno de los jefes principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes: esto era muy cierto; solo que se había guardado muy bien de revelarle la razón por la cual le habían expulsado de la tribu.

Pero esta razón ha llegado ya el momento de decir cual fue.

Cara de Mono no solo se hallaba dotado de una ambición desenfrenada, sino que también, cosa bastante extraordinaria en un indio, estaba completamente desprovisto de creencias religiosas y de esas debilidades y esa credulidad supersticiosa a que son por demás accesibles sus compatriotas; además era un hombre sin fe, sin honor y de costumbres más que de pravedad.

Habiendo sido llevado muy joven a las ciudades de la Unión americana, tuvo ocasión de ver de cerca la civilización excéntrica de los Estados Unidos: incapaz de comprender lo bueno y lo malo de aquella civilización, y de mantenerse en un justo límite, como sucede siempre en tales circunstancias, se había dejado seducir por lo que más halagaba a sus inclinaciones y gustos, y de las costumbres de los blancos solo había tomado lo que debía terminar y completar su precoz depravación.

Por eso, cuando se halló de regreso en su tribu, sus costumbres y su lenguaje estuvieron en tan total desacuerdo con lo que se hacía y se decía en torno suyo, que no tardó en excitar el menosprecio y el odio de sus compatriotas.