—El Ciervo-Negro se había equivocado; los rostros pálidos tienen verdaderamente la lengua partida.

Fue imposible hacer comprender al sachem la verdadera situación de las cosas: con esa obstinación ciega que caracteriza a su raza, nada quiso oír, y cuanto más intentaron probarle que estaba equivocado, más se convenció de que la razón estaba de su parte.

A una hora avanzada de la noche se retiraron el canadiense y el Ciervo-Negro, acompañándoles el capitán hasta los atrincheramientos.

Cuando hubieron salido, Jaime Watt se volvió muy pensativo a la torre. En el umbral de la puerta tropezó con un objeto bastante voluminoso y se bajó para ver lo que era.

—¡Oh! exclamó al levantarse, ¿Con que realmente quieren la guerra? ¡Vive Dios! Ya aprenderán a conocerme.

El objeto con que había tropezado el capitán era un haz de flechas atadas con una piel de serpiente; los dos extremos de esta piel y las puntas de las flechas estaban teñidas en sangre.

El Ciervo-Negro, al retirarse, había dejado caer detrás de sí la declaración de guerra.

Toda esperanza de paz quedaba desvanecida, y era preciso disponerse para combatir.

Pasado el primer momento de estupor, el capitán recobró su sangre fría, y aunque todavía no había amanecido, hizo que despertasen a todos los colonos y los reunió delante de la torre con el fin de celebrar consejo y discurrir los medios de neutralizar el peligro que amenazaba a la colonia.