—Escuchen los rostros pálidos, que un sachem va a hablar.
El canadiense quiso interponerse; pero el jefe le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:
—Mi padre ha sido engañado; es un guerrero justo; su cabeza está canosa; el Wacondah le ha dado la sabiduría; también los Pawnees-Serpientes son justos, quieren vivir en paz con mi padre, puesto que se halla inocente de la falta que se le imputa y de la cual debe responder otro.
El principio de este discurso sorprendió agradablemente a los oyentes del jefe; la joven sobre todo, al oír aquellas palabras, sintió que su inquietud iba desapareciendo y que la alegría renacía en su corazón.
—Los Pawnees-Serpientes, continuó el sachem, restituirán a mi padre todas las mercancías que le han sido estafadas; él, por su parte, se comprometerá a abandonar los territorios de caza de los Pawnees y a retirarse en compañía de todos los rostros pálidos que han venido con él; los Pawnees renunciarán a la venganza que querían tomar por el asesinato de sus hermanos, y el hacha de guerra será enterrada entre los pieles rojas y los rostros pálidos del Oeste. He dicho.
Después de estas palabras hubo un momento de silencio.
Los circunstantes estaban llenos de estupor. Aquellas condiciones eran inaceptables, y por lo tanto, la guerra llegaba a ser inminente.
—¿Qué responde mi padre? preguntó el jefe al cabo de un instante.
—¡Ay de mí! Jefe, respondió el capitán con dolor, no puedo aceptar tales condiciones, es imposible. Lo más que puedo hacer es duplicar el precio que antes pagué.
El jefe se encogió de hombros desdeñosamente y dijo con una sonrisa de desprecio: