—¡Bueno! respondió el Ciervo-Negro con una sonrisa feroz, mi hermano es hábil, ve muchas cosas y nos dará noticias.
Cara de Mono se dispuso a montar en un caballo que un guerrero le llevaba; pero de improviso el Ciervo-Negro se levantó, se precipitó sobre él, y apoyándole rudamente una mano en un hombro, le obligó a caer de rodillas en el suelo.
Los guerreros, sorprendidos por esta agresión súbita, cuyo motivo no adivinaban, cambiaban entre sí miradas de sorpresa, aunque sin hacer el más leve movimiento para interponerse entre los dos jefes.
Cara de Mono levantó bruscamente la cabeza, e intentando desembarazarse de la férrea presión que le tenía clavado al suelo, dijo:
—¿Turba por ventura el Espíritu del mal el cerebro de mi hermano?
El Ciervo-Negro se sonrió de una manera siniestra, y sacando de su cinto el cuchillo de desollar cráneos, dijo con voz sombría:
—Cara de Mono es un traidor: ha vendido sus hermanos a los rostros pálidos y va a morir.
El Ciervo-Negro, a más de ser un guerrero afamado, tenía en la tribu una merecida reputación de sabiduría y de lealtad; nadie puso en duda la acusación que acababa de pronunciar, pues además hacía mucho tiempo que conocían a Cara de Mono, desgraciadamente para él.
El Ciervo-Negro alzó su cuchillo, cuya hoja azulada, herida por los reflejos de la llama de la hoguera, produjo un relámpago siniestro; pero Cara de Mono, haciendo un esfuerzo supremo, logró desembarazarse, saltó como una fiera y desapareció entre los matorrales, lanzando una carcajada estridente.
El cuchillo había resbalado, y solo cortó un poco las carnes sin causar herida grave al astuto y diestro indio.