El capitán y sus compañeros habían sido más afortunados de lo que esperaban en su expedición; pues consiguieron incendiar los montones de madera desparramados por el valle sin llamar la atención de los indios. Se apresuraron a regresar a todo correr a los atrincheramientos. Ya era tiempo, porque de improviso resonó detrás de ellos un grito de guerra terrible y apareció en el lindero del bosque una tropa numerosa de guerreros indios que corrían a rienda suelta y blandían sus armas cual una legión de demonios.
Pero llegaron demasiado tarde para apoderarse de los americanos, pues estos habían pasado el foso y se hallaban al abrigo de sus golpes.
Una descarga de fusilería saludó la llegada de los indios: varios cayeron del caballo y los demás volvieron grupas y se alejaron con precipitación.
El combate estaba empeñado, pero ya le importaba muy poco al capitán: merced a su feliz ocurrencia era imposible una sorpresa, porque se veía como si fuese de día.
Hubo un momento de descanso, que los americanos aprovecharon para volver a cargar sus armas.
Los colonos habían tenido un momento de inquietud al ver encenderse unas en pos de otras, en la pradera, aquellas hogueras inmensas; creyeron que era un ardid de los indios; pero muy luego quedaron desengañados con el regreso del capitán; y al contrario, se felicitaron por aquella inspiración magnífica que les permitía asestar tiros certeros.
Sin embargo, los Pawnees no habían renunciado a su proyectado ataque, y según toda probabilidad, solo se retiraban para deliberar.
El capitán, con un hombro apoyado en la empalizada, examinaba atentamente la llanura desierta, cuando le pareció observar un movimiento desusado en un sembrado de trigo bastante extenso situado a unos dos tiros de fusil de la colonia.
—¡Alerta! dijo; el enemigo se acerca.
Cada cual puso el dedo en el gatillo.