De improviso se oyó un gran ruido, y la pila de madera más lejana se hundió con estrépito lanzando millares de chispas.

—¡Vive Dios! exclamó el capitán, hay en eso alguna diablura india: es imposible que esa pila enorme de leña esté ya consumida.

En el mismo instante se hundió otra, y después otra, y otra, hasta cuatro.

Ya no quedaba duda alguna acerca de la causa de aquellos hundimientos sucesivos: los indios, cuyos movimientos se hallaban neutralizados por la luz que derramaban aquellos faros monstruosos, habían adoptado la sencilla determinación de apagarlos, lo cual pudieron hacer con entera seguridad porque aquellos fuegos estaban fuera del alcance de los tiros.

Apenas caía la leña al suelo, la dispersaban por todos lados y la apagaban con bastante facilidad.

Esta medida había permitido a los indios que se acercasen algún tanto a las empalizadas sin ser vistos.

Sin embargo, no todos los montones de leña estaban derribados; los que aún quedaban se hallaban todos bastante próximos a la plaza para ser defendidos por los fuegos de esta.

A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos.

Pero entonces comenzó de nuevo el fuego de fusilería, y las balas cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que después de haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la precipitación con que se alejaron.

Los americanos se echaron a reír y comenzaron a silbar a los fugitivos.