—Creo, observó Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a probarla.

—En efecto, contestó el capitán, esta vez no parece que se hallen dispuestos a volver.

El capitán se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios volvían a rienda suelta.

Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilería, al cual desdeñaron responder, llegaron hasta la orilla del foso.

Verdad es que, cuando hubieron llegado allí, volvieron grupas y se marcharon con la misma rapidez con que habían venido, pero no sin dejar sembrados en su camino numerosos cadáveres desapiadadamente derribados por las balas americanas.

Pero el proyecto de los Pawnees había alcanzado buen éxito, y los blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se habían apresurado por demás a alegrarse de su fácil triunfo.

Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso, había echado pie a tierra, y aprovechando la confusión y el humo que impedían fuese visto, se había guarecido más o menos bien detrás de los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que, cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una descarga de fusilería y de largas flechas acanaladas que derribaron a quince hombres.

Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir aquel ataque verificado por enemigos invisibles.

Quince hombres menos de un solo golpe eran una pérdida terrible para los colonos; el combate adquiría serias proporciones que amenazaban degenerar en derrota, porque los indios nunca habían desplegado tanta energía ni encarnizamiento en un ataque.

No había medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se habían emboscado.