El Ciervo-Negro y sus guerreros le seguían. Cuando llegaron al sitio en que Quoniam había reunido a las mujeres, se ofreció ante su vista un espectáculo espantoso.
Mistress Watt y otras tres mujeres yacían sin movimiento en el suelo en medio de un charco de sangre. Quoniam estaba tendido delante de ellas, con dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho.
Fue imposible obtener de las demás mujeres ningún dato acerca de lo que había pasado, porque estaban casi locas de terror.
¡Los hijos del capitán habían desaparecido!
[XI.]
LA VENTA DEL POTRERO.
Usando ahora de nuestro privilegio de novelistas, trasladaremos la escena de nuestro relato al Texas, y volveremos a tomar nuestra historia unos dieciséis años después de los acontecimientos referidos en el capítulo anterior.
El alba comenzaba a teñir las nubes con sus nacaradas tintas, las estrellas se apagaban unas en pos de otras en las sombrías profundidades del cielo; y en la última línea azul del horizonte, un reflejo de un color rojo vivo, precursor de la salida del sol, anunciaba que tardaría muy poco en ser de día. Los millares de pájaros invisibles, frioleramente cobijados en la enramada, se despertaban de repente y entonaban alegres su melodioso concierto matutino, mientras que los aullidos de las fieras, al retirarse de beber y regresar con lento paso a sus inexploradas guaridas, se iban tornando cada vez más sordos y oscuros.