—¡Mujer desventurada! Si no lo hace V. por sí, hágalo al menos por sus hijos; mire V., ya está ardiendo la torre.

La joven alzó los ojos, lanzó un grito de horror y se precipitó llena de desconsuelo en el interior del edificio.

Las demás mujeres, fiando en la palabra del cazador, no intentaron resistirse y entregaron sus armas.

Tranquilo confió la custodia de aquellas pobres mujeres a Quoniam, agregándole algunos guerreros, y se alejó rápidamente con la intención de hacer cesar la carnicería que continuaba en todos los puntos de la colonia.

Quoniam entró en la torre, en donde encontró a mistress Watt medio asfixiada y estrechando a sus hijos en sus brazos con inaudita fuerza. El buen negro cargó a la joven sobre sus robustos brazos; y reuniendo a todas las mujeres y los niños, los condujo a las orillas del Misuri, a fin de ponerlos fuera del alcance del fuego y esperar a que el combate concluyese, sin exponer a las prisioneras al furor de los vencedores.

A la sazón, aquello no era ya un combate sino una carnicería, a la que aún hacían más espantosa los bárbaros refinamientos de los indios que se encarnizaban con indecible rabia contra sus desventurados enemigos.

El capitán, Bothrel, Bob y unos veinte americanos, los únicos colonos que aún estaban vivos, reunidos en el centro de la explanada, se defendían con la energía de la desesperación contra una nube de indios, resueltos a dejarse matar antes que caer en manos de los feroces Pawnees.

Sin embargo, Tranquilo, a fuerza de súplicas y arrostrando mil peligros, consiguió hacer que depusiesen las armas y que cesase por fin la carnicería.

De pronto se oyeron gritos, llantos y súplicas hacia la parte del río.

El cazador se lanzó rápidamente hacia allá, agitado por un presentimiento sombrío.