Entonces, las líneas cartaginesas se abrieron para envolverlos, guiándoles los elefantes. Con las lanzas tendidas oblicuamente, la falange cortó a los bárbaros; se agitaron dos masas enormes; las alas, a tiros de honda y de flecha, los empujaban sobre la falange. Para desprenderse de esta, faltaba la caballería; a excepción de doscientos númidas que arremetieron contra los clinabaros, los demás se encontraron cercados y no podían salir de sus líneas. Inminente era el peligro; urgente una resolución.

Espendio mandó atacar la falange simultáneamente por los dos flancos, a fin de pasar al través; pero las filas más estrechas, replegándose sobre las más largas, se volvieron juntas contra los bárbaros, mostrándose tan terribles como lo era el frente. Herían los bárbaros con su hierro, pero la caballería estorbaba su ataque; en tanto que la falange púnica, apoyada por los elefantes, se apretaba o se ensanchaba, o maniobraba en cuadrado, en cono, en rombo, en trapecio o en pirámide, de frente, a retaguardia, se producía continuamente un movimiento interior, porque los que estaban detrás de las filas corrían a las primeras líneas, y los cansados o heridos se replegaban atrás. Los bárbaros se veían empujados contra la falange: era imposible avanzar; hubiérase dicho un océano en el que bullían garcetas rojas con escamas de cobre, en tanto que los lucientes escudos se apretaban como espuma de plata. A veces, de un cabo a otro, bajaban anchas corrientes, que luego ascendían, manteniéndose inmóvil en medio una pesada masa. Las lanzas se bajaban y se levantaban alternativamente. Todo era una agitación de espadas desnudas, tan precipitada, que solo se veían las puntas; haces de caballería, ensanchándose en círculos, y que volvían a cerrarse, moviendo torbellinos a su alrededor.

Dominando las voces de mando, sonaban en el aire los bélicos clarines y el son de las liras, y las balas de plomo o de arcilla de las hondas, silbando y haciendo saltar las espadas de las manos y los sesos de los cráneos. Los heridos, resguardándose con un solo brazo con su escudo, tendían la espada apoyando el pomo en el suelo; otros, entre charcos de sangre, se volvían para morder los talones de los enemigos. La multitud era tan compacta, el polvo tan espeso, el tumulto tan fuerte, que era imposible ver nada; los cobardes que ofrecían entregarse ni siquiera eran oídos. Cuando las manos estaban vacías, se abrazaban cuerpo a cuerpo; los pechos chocaban con las corazas y los cadáveres caían hacia atrás, con los brazos crispados. Hubo una compañía de sesenta umbrianos que, firmes sobre sus talones, con la pica delante de los ojos, inquebrantables y rechinando los dientes, obligaron a retroceder dos sintagmas a la vez. Los pastores epirotas corrieron al escuadrón izquierdo de los clinabaros y agarraron de las crines a los caballos, volteando sus bastones; los animales, derribando a los jinetes, huyeron por el llano. Los honderos púnicos, repartidos aquí y acullá, estaban sorprendidos. La falange empezaba a oscilar, los capitanes corrían desolados, los cabos de fila empujaban a los soldados; los bárbaros, rehechos, volvían a la carga, y la victoria iba a ser suya.

Pero de pronto sonaron gritos espantosos y rugidos de dolor y de rabia; eran los setenta y dos elefantes, que se precipitaban en doble línea, porque Amílcar había esperado a que los bárbaros estuviesen en montón, para echárselos encima. Los indios los aguijonearon con tal fuego, que la sangre corría por las anchas orejas de los paquidermos. Las trompas, pintadas de minio, se levantaban rectas en el aire, como rojas serpientes; sus pechos estaban armados de un venablo, el lomo con una coraza, los colmillos prolongados con láminas de hierro encorvadas como sables, y, para volverlos más feroces, se les había embriagado con una mezcla de pimienta, vino puro e incienso. Sacudían sus collares de cascabeles y gritaban; los elefantarcas o conductores bajaban la cabeza ante la lluvia de las faláricas que venía de lo alto de las torres.

Con el propósito de resistirlos mejor, los bárbaros se abalanzaron en masa compacta; los elefantes se precipitaron impetuosamente en medio. Los espolones de sus pechos hendían las cohortes como proas de un navío; con las trompas, ahogaban a los hombres o los arrancaban del suelo, entregándolos por encima de sus cabezas a los soldados de las torres; con los colmillos, los despanzurraban, los lanzaban al aire, colgando racimos de entrañas de sus garfios de marfil, como paquetes de cuerdas en los mástiles. Los bárbaros intentaban reventarles los ojos o desjarretarlos; otros, metiéndose bajo los vientres, les hundían la espada hasta la empuñadura y morían aplastados. Los más intrépidos se colgaban a las correas, y entre llamas o bajo la lluvia de dardos y hondas, no dejaban de cortar cueros para que la torre de mimbre cayera como una torre de piedra. Catorce elefantes de los que estaban en la extrema derecha, furiosos por sus heridas, se volvieron a la segunda línea; los indios, con su martillo y clavija, les dieron la puntilla a fuerza de puños.

Las enormes bestias se atropellaron, cayendo unas encima de otras. Fue como una montaña; y sobre este montón de cadáveres y de armaduras, un elefante monstruoso, que se llamaba el Furor de Baal, cogido por la pierna entre cadenas, estuvo toda la noche aullando, con una flecha en el ojo.

Sin embargo, los demás, como conquistadores que se complacen en el exterminio, seguían atropellando, aplastando y encarnizándose en los muertos y en los restos de la batalla. Para rechazar a los manípulos apretados en coronas a su alrededor, giraban sobre los pies de atrás con un movimiento continuo de rotación siempre avanzando. Los cartagineses sintieron aumentar su vigor, y la batalla volvió a empezar.

Los bárbaros cedían; los hoplitas griegos arrojaron sus armas, y el espanto se apoderó de los demás. Se vio a Espendio huir colgado de su dromedario, azuzándolo con dos jabalinas. Todos, entonces, se precipitaron para entrar en Útica.

Los clinabaros, con los caballos cansados, no pudieron detenerlos. Los ligures, extenuados de sed, gritaban que se les llevara al río; pero los cartagineses, puestos en medio de las sintagmas y que habían sufrido menos, hervían de deseo ante la venganza que se les escapaba; ya se lanzaban a la persecución de los mercenarios cuando apareció Amílcar.

Refrenaba con riendas de plata su caballo atigrado, bañado en sudor. Las cintas atadas a los cuernos de su casco flotaban al viento y tenía su escudo ovalado sujeto bajo el muslo izquierdo. A una señal de su pica de tres puntas, se detuvo el ejército.