Matho encontró a Espendio recogido bajo un jirón de tela puesto sobre dos palos, con las manos en las rodillas y la cabeza baja.

Estuvieron largo rato sin decirse nada; al fin, Matho murmuró:

—¡Vencidos!

Espendio contestó con voz sombría:

—¡Sí; vencidos!

Y a todas las preguntas respondía con gestos desesperados.

Llegaban basta ellos suspiros y estertores. Matho entreabrió la tela, y el espectáculo de los soldados le recordó otro desastre en el mismo lugar, y dijo:

—¡Miserable!, otra vez...

Espendio le interrumpió:

—¡Tampoco tú estabas!