En tanto que los bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba sus defensas; hacía cavar un segundo foso, levantar otra segunda muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus esclavos iban a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus trabas. Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar. Se comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la tristeza en los días siguientes.
Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les proporcionaban víveres en abundancia y suponían lo que asustaba su inacción al ejército púnico.
En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos, arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza, y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron a Giscón. Por más que el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le habían puesto una tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de guijarros. Era una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho.
Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones prolongadas, interrumpida y alternada como los ecos que se responden en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín; luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos, sobre todo.
Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en rendirse, seguros de morir en suplicios.
A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres disminuían de un modo espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez kolumer de trigo, tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni aceite, ni salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les veía bajar el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja pisadas. A menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la luna, un perro de los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, en un montón de inmundicias; le tiraban una piedra y, ayudándose con las correas del escudo, bajaban a cogerlo, y luego se lo comían. Otras veces se oían terribles ladridos, y el hombre no subía. En la cuarta diloquia de la duodécima sintagma, tres falangitas se mataron a cuchilladas, disputándose una rata.
Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres, sus cabañas en forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una red colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas cuando, en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el vago rumor de las calles, junto con el murmullo de los árboles de sus jardines; y para regodearse con este recuerdo, entornaban los párpados, que la punzada de una herida volvía a abrir. A cada minuto, ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los «Comedores de cosas inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las manos con hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas. Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los proyectiles. Los cartagineses se encerraron, y no se movían.
Todos los días, el sol que trasponía la colina los dejaba en la sombra desde muy temprano. Al frente y por detrás, subían las faldas grises del terreno, cubiertas de piedras manchadas de un liquen raro; y sobre sus cabezas, el cielo, continuamente sereno, se abría más liso y frío a la mirada que una cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado contra Cartago, que sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir contra ella. Los esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el pueblo, ni el Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza. La situación era intolerable, sobre todo por el convencimiento de que llegaría a ser peor.
Al recibirse la noticia del desastre, Cartago estalló de cólera y de odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si se hubiera dejado vencer al principio.
Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban dinero y tiempo. ¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado todas las armas. Y ¿quién los mandaría? Los mejores capitanes estaban ausentes con él. Sin embargo, los emisarios enviados por el Sufeta, iban por las calles dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló para hacerlos desaparecer.