—¡No!
La hizo poner de rodillas, y con la mano izquierda alzada y la derecha extendida juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit. Con imprecaciones terribles, ella se consagró a los dioses, y cada vez que el pontífice pronunciaba una palabra, la repetía desfallecida.
Le indicó todas las purificaciones y ayunos que debía hacer y el modo de llegar hasta Matho. Además, la acompañaría un hombre, conocedor del camino.
Salambó se sintió como libertada. No pensó más que en la dicha de volver a ver el zaimph, y bendecía a Schahabarim por sus exhortaciones.
Era el tiempo en que las palomas de Cartago emigraban a Sicilia, en la montaña de Erix, alrededor del túmulo de Venus. Antes de su partida, durante muchos días, se buscaban y llamaban para reunirse, y, por fin, volaron una tarde, empujadas por el viento, y esta enorme nube blanca hendía el cielo, muy alta, por encima del mar.
El horizonte se teñía de color de sangre. Las palomas parecían bajar a las ondas, y luego desaparecieron como sorbidas y caídas por sí mismas en la boca del sol. Miraba Salambó cómo se alejaban; bajó la cabeza, y Taanach, creyendo adivinar su cuita, la dijo con dulzura:
—¡Ama, ellas volverán!
—Sí; lo sé.
—¡Y tú las volverás a ver!
—¡Quién sabe! —contestó Salambó suspirando.