EN SICCA

Dos días después, los mercenarios salieron de Cartago.

Se les dio a cada uno una moneda de oro, a condición de que fueran a acampar en Sicca; se les había halagado, además, con toda clase de lisonjas.

—Sois los salvadores de Cartago; pero permaneciendo en ella la reduciríais al hambre y la ruina. La República os pagará más tarde esta condescendencia. Inmediatamente vamos a levantar impuestos; se completará vuestra soldada y se equiparán galeras que os lleven a vuestros países.

No había nada que contestar a tales promesas. Aquellos hombres acostumbrados a la guerra, se aburrían en la paz de una ciudad; no costó trabajo convencerlos, y el pueblo subió a las murallas para verlos partir.

Desfilaron por la calle de Kamón y la puerta de Cirta, todos mezclados en montón: arqueros con hoplitas, capitanes con soldados, lusitanos con griegos. Marchaban a paso largo, haciendo sonar en las losas sus pesados coturnos. Sus armaduras estaban abolladas por las catapultas, y ennegrecidas sus manos por el polvo de las batallas. Broncos gritos salían de las espesas barbas; sus aceradas cotas, desgarradas, entrechocaban con los pomos de las espadas, y por los agujeros del cobre, se veían los miembros desnudos, espantosos como máquinas de guerra. Los montantes, las hachas, los venablos, los gorros de fieltro y los cascos de bronce oscilaban a la vez, con un mismo movimiento. Llenaban la calle hasta el punto de parecer que iban a estallar las murallas; esta interminable masa de soldados armados se deslizaba entre altas casas de seis pisos, cubiertas de betún. Detrás de sus rejas de hierro o de cañas, las mujeres, tapadas con un velo, veían pasar en silencio a los bárbaros.

Las azoteas, las fortificaciones, las murallas, desaparecían bajo la multitud de cartagineses, vestidos de negro, que las llenaban. Las túnicas de los marineros parecían manchas de sangre entre aquella sombría muchedumbre; los niños, casi desnudos, de piel brillante, con brazaletes de cobre, gesticulaban en el follaje de las columnas o en las ramas de las palmeras. Algunos ancianos ocupaban las plataformas de las torres, y de trecho en trecho, un personaje de luenga barba, en actitud soñadora, parecía de lejos, en el fondo del cielo, un fantasma, tan inmóvil como las piedras.

Todos se sentían oprimidos por la misma inquietud: se temía que los bárbaros, considerándose fuertes, tuvieran el capricho de permanecer en la ciudad. Pero se iban con tanta confianza, que los cartagineses se animaron y se mezclaron con los soldados. Se les abrumaba con juramentos y apretones de mano. Había quien les incitaba a que no abandonaran la ciudad, por ardid de política y audacia de hipocresía. Se les echaba perfumes, flores y monedas de plata. Se les daba amuletos contra las enfermedades; pero no sin haber escupido antes tres veces encima de ellos, para atraer la muerte, o encerrado tres pelos de chacal, que vuelven al corazón cobarde. Se invocaba a grito herido el favor de Melkart, y, en voz baja, su maldición.

Vino luego la impedimenta de bagajes, de acémilas y de rezagados. Los enfermos gemían sobre dromedarios; otros se apoyaban, renqueando, en el asta de una pica. Los borrachos cargaban con odres; los voraces, con cuartos de carne, pasteles, frutas, manteca envuelta en hojas de higuera y nieve en sacos de tela. Los había con quitasoles en la mano y loros en los hombros. Hacíanse seguir de dogos, gacelas o panteras. Las mujeres de raza libia, montadas en asnos, increpaban a las negras que abandonaban por los soldados los lupanares de Malqua; muchas daban de mamar a criaturas colgadas del pecho con una correa de cuero. Las mulas, aguijoneadas con la punta de las espadas, hundían el lomo bajo el peso de las tiendas; y había innumerables criados y portadores de agua, macilentos, amarillos por las fiebres y llenos de sabandijas, escoria de la plebe cartaginesa que seguía a los bárbaros.

Así que todos salieron se cerraron las puertas, sin que el pueblo dejara las murallas. El ejército se derramó en seguida por la anchura del istmo.