Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas las rodillas, tenía el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la respiración movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara extremadamente pálida, miraban de un modo continuo e intolerable.

Los bárbaros le miraron al principio con gran asombro. Durante el tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos por antiguos recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban, cuando un garamante atravesó la multitud blandiendo una guadaña. Comprendieron todos su intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!»

El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le cogió por la cabeza y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó, vertiendo dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. Zarxas saltó encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los cartagineses. Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho la cabeza de Giscón y, cogiéndola por la barba y dándole vueltas muchas veces, la lanzó describiendo una parábola por encima del campo púnico.

A todo esto se alzaron en el borde de las empalizadas estandartes entrelazados como señal convenida para reclamar los cadáveres. Cuatro heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con grandes clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad, ni dioses, y que rehusaban por adelantado a toda negociación, reexpidiendo a los parlamentarios con las manos cortadas.

Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita en busca de víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron ávidamente, y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de sus bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de los heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo la orilla del río, con paso rápido, como manada de lobos que se alejan.

Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla, porque necesitaban una ciudad.

Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no obstante el orgullo que sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente atacarlos en seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se acababa la guerra. Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades tirias se unirían a ellos; la clemencia con los vencidos habría sido inútil. Tomó la resolución de ser implacable.

Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un dromedario cargado de brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles amenazas que le enviaran otro ejército.

Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer la victoria experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del zaimph, anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de Cartago parecía que le pertenecían ahora.

Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni una recriminación. Por el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los otros, antes del término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil hombres, el cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros.