No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que marcharon más allá con el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los de Túnez y arrastraron a los de Útica. A cada matorral aumentaba el número, y los cartagineses, tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos en las tinieblas. Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de flechas que mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las montañas del Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo.
Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el horizonte una cosa verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y se vieron obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un árbol para no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón!
Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la última vez que pasó por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le transportó la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos que tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza de un palacio, por encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis iluminaba su cara, como si se reflejara en ella una gran luz; abría los brazos, enviaba besos al aire y murmuraba:
—¡Ven! ¡Ven!
Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como perlas, cayeron en su barba.
—¿Qué te detiene? —preguntó Espendio—. ¡Date prisa! ¡En marcha! El Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me miras como un hombre ebrio.
Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con guiños en los ojos, como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo, exclamó:
—¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo!
Tenía un aire tan convencido y triunfante que Matho, sorprendido en su sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en el colmo de su derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un blanco a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestro y siniestro a los rezagados; iba en todas direcciones y hasta la extrema retaguardia, como perro que azuza el ganado.
A su tonante voz, las líneas de hombres se apretaron; hasta los cojos precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el espacio entre ambos ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban pisando las huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron sus hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron adentro y se arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado apretada en sí misma, dejó de avanzar; chocaban las picas en el aire y las flechas de los bárbaros rebotaban en las paredes.