En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía un hierro entre las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y poner un segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar a cierta altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo los pies de los vivos, los heridos, en montón, se mezclaban con los cadáveres y los moribundos. Entre entrañas abiertas, sesos esparcidos y charcos de sangre, los troncos calcinados formaban manchas negras; brazos y piernas, saliendo a medias de un montón, quedaban enhiestos como rodrigón en una viña incendiada.
Encontrándose insuficientes las escalas se emplearon los tonelones, o sea unos instrumentos compuestos de una larga viga puesta transversalmente sobre otra, y llevando al extremo una cesta cuadrangular en la que cabían treinta peones con sus armas.
Matho quiso subir en la primera que estuvo dispuesta. Espendio le detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se levantó la gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados, ocultos hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas de los cascos. Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire, giró de derecha a izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de gigante que llevara en la mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de la muralla la cesta llena de hombres. Saltaron estos adentro, y no se les volvió a ver.
Pronto estuvieron dispuestos los restantes tonelones; pero hubieran sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad. En vista de esto, se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en las cestas, que estaban sujetas con cables, disparaban flechas envenenadas. Los cincuenta tonelones dominaban las almenas y rodeaban a Cartago, como buitres monstruosos; los negros se reían al ver a los guardias de la fortificación morir entre atroces convulsiones.
Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas las mañanas el jugo de ciertas hierbas que les preservaba del veneno.
En una noche obscura embarcó sus mejores soldados en gabarras y balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a desembarcar en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y, cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados de cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las obras de los mercenarios y volvían a subir.
Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su cólera; hacía cosas terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a una entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció una traición, y en adelante, la aborreció. Si hubiera visto su cadáver, tal vez se habría alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas al pie de los fuertes y mandó a los libios que le trajeran toda la madera de un bosque para pegarla fuego e incendiar a Cartago como una madriguera de zorras.
Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba inventar máquinas espantables, como no se habían visto nunca.
Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el istmo, se aburrían de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de acción y se precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran mortandad. Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín. Se originaron riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba devastada, se disputaban los víveres. Iban descorazonándose, y se retiraron hordas numerosas.
Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno quebradizo, se hundió. Probaron hacerlas en otro sitio; pero Amílcar adivinaba siempre su dirección, aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo, además, contraminas debajo del camino que debían recorrer las torres de madera, y cuando las empujaban se hundían en los agujeros.