Espendio, doblada la cabeza y con los ojos entornados, aspiraba a bocanadas el aire fresco; separaba los brazos y movía los dedos para sentir mejor esta caricia que le corría por el cuerpo. Se ilusionaba con nuevas esperanzas de venganza. Se tapó la boca con la mano para contener sus suspiros y, como abstraído, soltaba el cabestro de su dromedario, que andaba a paso acompasado. Matho había vuelto a su tristeza; sus piernas colgaban hasta el suelo, y las hierbas, al restregarse en sus coturnos, producían un chirrido continuado.
Sin embargo, el camino se alargaba sin acabarse nunca. Al extremo de una llanada, se llegaba siempre a una planicie redonda; luego se bajaba a un valle y las montañas que fingían cerrar el horizonte parecían deslizarse conforme iban acercándose a ellas. A trechos surgía un río entre tamariscos, para perderse al volver una colina. A veces se erguía una enorme roca, a manera de proa de una nave o de pedestal de un coloso derribado.
Encontrábanse, a intervalos regulares, pequeños templos cuadrangulares, que servían de estaciones a los peregrinos que iban a Sicca. Estaban cerrados como tumbas. Los libios, para que los abrieran, golpeaban con fuerza la puerta, pero nadie contestaba desde dentro.
Iban escaseando los labrantíos, porque se entraba en un terreno arenoso erizado de matas espinosas. Rebaños de carneros ramoneaban entre las piedras, guardados por una mujer, de talle ceñido por un vellón azul, y que huía dando gritos, al ver entre las rocas las picas de los soldados.
Seguía el camino por una especie de corredor bordeado por dos cadenas de rojizos montículos. De repente un olor nauseabundo hirió el olfato de los soldados, que creyeron advertir algo extraordinario en lo alto de un algarrobo: por encima de las hojas se erguía una cabeza de león.
Corrieron a verlo. Era un león sujeto a una cruz por los cuatro miembros, como un criminal. El enorme hocico le caía sobre el pecho, y sus dos patas anteriores, que medio desaparecían tapadas por las melenas, estaban tan separadas como alas abiertas de un pájaro. Apuntábanse sus costillas, una a una, por debajo de la piel distendida; sus patas traseras, clavadas una encima de otra, aparecían encorvadas; la negra sangre, que manaba entre los pelos, formaba estalactitas bajo la cola que colgaba recta a lo largo de la cruz. Los soldados rieron el encuentro: llamaron al león cónsul y ciudadano de Roma y le tiraron guijarros a los ojos para quitarle los mosquitos.
Cien pasos más adelante vieron otros dos y en seguida una larga fila de cruces con leones clavados. Algunos llevaban muertos tanto tiempo, que solo quedaban en los maderos los restos de los esqueletos; otros, medio roídos, torcían las fauces con una horrible mueca; los había enormes, que se balanceaban en vilo, en el árbol de la cruz, en tanto que sobre sus cabezas revoloteaban bandas de cuervos, sin pararse nunca. Así procedían los campesinos cartagineses cuando apresaban una fiera, creyendo atemorizar a las demás con este ejemplo. Los soldados, dejando de reír, quedaron asombrados. «Qué pueblo es este», pensaban, «que se entretiene crucificando leones.»
Por lo demás, estaban los hombres, los del Norte, sobre todo, vagamente inquietos, enfermos ya; se laceraban las manos con las puntas de los áloes; nubes de mosquitos zumbaban en sus oídos y la disentería empezaba a hacer estragos. Se aburrían de no llegar a Sicca. Temían perderse y entrar en el desierto, la región de las arenas y de los espantos. No querían seguir adelante y muchos tornaron al camino de Cartago.
Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido largo rato la base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y apareció una línea de murallas sobre blancas rocas, confundiéndose con ellas. No tardó en verse toda la ciudad; unos rasos blancos, azules y amarillos se agitaban sobre las murallas en la rojiza tarde: eran las sacerdotisas de Tanit que acudían a recibir a los hombres. Estaban alineadas a lo largo del baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras, agitando crótalos; y los rayos del sol poniente, por las montañas de Numidia, pasaban por entre las cuerdas de las arpas que recorrían los brazos desnudos de las vírgenes. A intervalos, cesaba la música y estallaba un grito estridente, precipitado, furioso, continuado; especie de ladrido que las mujeres hacían azotando con la lengua los dos ángulos de la boca. Otras se quedaban acodadas, con la barbilla en la mano, más inmóviles que esfinges, asaetando con sus negros ojos al ejército que iba subiendo.
Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía contener tanta multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad. Los bárbaros se establecieron en la llanada; unos disciplinados como tropas regulares, otros por naciones o según su capricho.