Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo más, y el libio contó:
—Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué quería. Yo respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás mañana con tus compañeros!»
Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos quedaron aterrados, por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al parlamentario en el campo cartaginés.
Le quedaban todavía tres mil africanos, mil doscientos griegos, mil quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos etruscos, quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, bandidos nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, siete mil doscientos diez y nueve soldados, pero ninguna sintagma completa. Habían tapado los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo; y reemplazó los coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de cobre o de hierro hacían más pesados sus vestidos; las cotas de malla colgaban en andrajos, mostrando en las carnes las cuchilladas como hilos de púrpura entre los pelos de los brazos y de las caras.
La rabia por los compañeros muertos les volvía al alma multiplicando su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un dios de los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además, les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de Cartago en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte.
Mataron las bestias de carga y se las comieron para cobrar fuerzas; luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a distintas constelaciones.
Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos. Frotaron el borde de los escudos con aceite, para facilitar el resbalo de las flechas; los infantes que llevaban largas cabelleras se las cortaron en la frente, por prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar todas las gamellas, sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago lleno. Su ejército ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del ejército bárbaro; pero nunca había experimentado la inquietud que ahora; si sucumbía era la destrucción de Cartago y moriría crucificado; si triunfaba, por los Pirineos, las Galias y los Alpes, caería sobre Italia y el imperio de los Barca sería eterno. Veinte veces se levantó en esta noche para vigilarlo todo, en los más mínimos detalles. Los cartagineses estaban exasperados por tanto recelo.
Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas, aparte de que los bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad, bebía a cada instante vasos de agua.
De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y puso en el suelo una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos con azufre y rombos de nácar. Era la corona de desposado que enviaba la novia; una prueba de amor; una especie de invitación.
Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El recuerdo de Matho la obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la muerte de este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de la picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de los númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para excitar su valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya no pensó más que en la dicha de poseer una mujer tan hermosa.