»¡Oh, Tanit! No me amas, ¿no es verdad? ¡Te he mirado tanto! Pero no; tú corres en el azul y yo permanezco en la tierra inmóvil.»
—¡Taanach, toma tu nebal y toca en tono bajo la cuerda de plata, porque mi corazón está triste!
La esclava levantó una especie de arpa de ébano, más alta que ella, y triangular como una delta, fijó la punta en un globo de cristal, y con los dos brazos la tañó.
Los sones se sucedían, sordos y precipitados como zumbido de abejas, y cada vez más sonoros volaban en la noche con la queja de las olas y el estremecimiento de los grandes árboles en la cima de la Acrópolis.
—¡Cállate! —exclamó Salambó.
—¿Qué te pasa, ama? La brisa que sopla, la nube que corre, todo te inquieta ahora y te agita.
—No lo sé.
—Te fatigas con plegarias demasiado largas.
—¡Oh, Taanach, yo quisiera disolverme como una flor en el vino!
—Quizás consista en el aroma de tus perfumes...