—Espera —dijo al esclavo amanuense que escribía de pie, en el hueco de su mano—. ¡Que me los traigan! ¡Quiero verlos!

Del fondo de la sala, llena de un vapor blanquecino, manchado por el resplandor de las antorchas, empujaron a tres bárbaros: un samnita, un espartano y un capadocio.

—Continúa —dijo Hannón, dictando al esclavo.

«¡Regocijaos, luz de los Baales! ¡Vuestro Sufeta ha exterminado a los perros voraces! ¡Bendiciones sobre la República! Ordenad preces en acción de gracias.»

Mirando a los prisioneros, les dijo, con grandes risotadas:

—¡Ah, ah, mis valientes de Sicca! ¡Hoy no gritáis tan fuerte! Soy yo. ¿Me conocéis? ¿Dónde están vuestras espadas? ¡Vaya! ¡Sois unos hombres terribles!

Y amagaba esconderse, como si les tuviera miedo.

—Me pedíais caballos, mujeres, tierras, magistraturas y sacerdocios, quizás. ¿Por qué no?... Pues bien, yo os daré tierras de las que no saldréis nunca. ¡Se os casará en picotas nuevecitas! ¿Vuestra soldada? Se os fundirán en la boca lingotes de plomo. Os pondré en altos puestos, muy altos, entre las nubes, para que se os acerquen las águilas.

Los tres bárbaros, cabelludos y cubiertos de harapos, le miraban sin comprender lo que él les decía. Heridos en las rodillas, se les había cogido echándoles cuerdas, y las gruesas cadenas de sus manos arrastraban sobre las losas. Hannón se indignó de su impasibilidad.

—¡De rodillas! ¡De rodillas! ¡Chacales, mendrugos, miseria, excrementos! —Los infelices no chistaban—. ¡Basta! ¡Callaos! ¡Que se les desuelle vivos, ahora mismo!