La Vida, como la escala de Jacob, empieza en la tierra, pero acaba en Dios.
¡Oh la virtud inviolada de los buenos burgueses y de la pobre gentecilla mediocre! Si no tienen eso, su estrecha fama, cuidadosamente limpia, ¿qué tendrán entonces? Son gentes nulas. Incapaces del Mal, es verdad: pero así mismo incapaces del Bien. Porque para pecar se necesita imaginación, sensibilidad, osadía. Mentir, por ejemplo, ¿no es un arte? ¿No arguye una indiscutible habilidad la mentira?...
La bravuconería es al valor, lo que el ruido a la música; o sea, lo que un fracaso de platos de loza ordinaria, a un nocturno de Chopín o a una sonata de Mozart.
Dios ama tanto todo lo que vuela, que no consintió que la maldad la introdujese en el mundo un ave, sino un reptil.
Me voy convenciendo de que en todo revolucionario hay un dictador escondido. Napoleón, en este concepto, no me dejará mentir. ¡Es triste cerciorarse de que las revoluciones no son sino sacudidas del espíritu de tiranía!