En cuanto al padre, es un hombre encantador, muy instruido, muy abierto, muy cordial, pero que todo lo sacrifica al reposo, á la tranquilidad, y que para vivir á gusto ha contribuido no poco á momificar así á su familia. Lee mucho, habla gustoso, y se enternece fácilmente. La ausencia de trato, de tacto, de codos y de tropiezos, ha hecho muy sensible y delicada su epidermis moral. La cosa más insignificante le conmueve, le agita y le hace sufrir.

Y con todo, los Chantal tienen algunas relaciones, pero muy restringidas y escogidas con gran cuidado entre el vecindario. También cambian dos ó tres visitas al año con parientes que viven lejos de su casa.

Yo voy á comer con ellos el 15 de agosto y el día de Reyes, y esto forma parte de mis deberes como deber es para los católicos comulgar en Pascua.

El 15 de agosto convidan á algunos amigos, pero el día de Reyes soy el único extraño que se sienta á su mesa.

II

Este año, como los otros, fuí á comer con los Chantal para celebrar la Epifanía.

Según costumbre, abracé al señor Chantal, besé la mano á su esposa y á la señorita Perla, y me incliné profundamente ante las señoritas Luisa y Paulina. Me preguntaron mil cosas relativas á los acontecimientos del bulevar, á la política y á lo que de público se decía con respecto á los asuntos de Marruecos y sobre nuestros representantes. La señora Chantal, mujer gorda cuyas ideas se me antojaban cuadradas como las piedras de sillería, tiene costumbre, para cerrar las discusiones políticas, de pronunciar las siguientes palabras: «Todo esto es mala simiente para más adelante». ¿Por qué he imaginado siempre que las ideas de la señora Chantal han de ser cuadradas? No lo sé, pero cuanto dice me parece de esa forma; un cuadrado, un cuadrado grande con cuatro ángulos simétricos. Hay personas cuyas ideas se me antojan redondas y rodando como aros. En cuanto empiezan una frase con respecto á cualquier cosa, las palabras ruedan y salen diez, veinte, cincuenta ideas redondas, grandes y pequeñas, que veo correr una tras otra hasta que se pierden allá en el horizonte. Otras tienen ideas puntiagudas... Pero en fin, todo eso importa poco.

Nos sentamos á la mesa como siempre, y la comida acabó sin que se dijese nada digno de ser retenido.

Al llegar los postres, trajeron la torta de reyes; ahora bien, el señor Chantal era rey todos los años. Yo no sé si era una casualidad repetida ó una convención de familia, pero el haba tradicional se encontraba siempre en la parte de torta que le correspondía, y siempre proclamaba reina á su esposa. Por esto mi estupefacción fué inmensa cuando sentí en mi boca la presencia de algo muy duro que estuvo á punto de romperme una muela. Saqué suavemente el objeto y pude ver una muñequita de porcelana no más grande que una habichuela. La sorpresa me hizo exclamar «¡Ah!». Me miraron, y Chantal, palmoteando, se puso á gritar: «Es Gastón. Es Gastón. ¡Viva el rey! ¡Viva el rey!».

Y todos repitieron á coro: «¡Viva el rey!». Enrojecí hasta la raíz del pelo, como frecuentemente se pone uno colorado, sin saber por qué; y sosteniendo entre los dedos aquel granito de loza bajé los ojos, hice esfuerzos para reir, y no sabía qué hacer ni qué decir cuando Chantal exclamó: «Ahora, es preciso elegir una reina».