EL URUGUAY
LA VIDA EN POCITOS
Se ha escrito tanto acerca de las oportunidades que ofrece la América del Sur, desde el punto de vista del negocio, que en realidad se ha pasado por alto el recreo y deleite que esta parte del mundo proporciona.
Hay un adagio que dice: "Mucho trabajo y poco placer suele embrutecer."
Por tanto el extranjero que visita el Uruguay no debe sorprenderse si se encuentra, como por arte de magia, en uno de esos sitios encantados donde se olvidan todos los quehaceres, las penas y los sinsabores, sitios que poseen un atractivo especial para todos los que en el mundo se sienten agobiados por el cansancio.
Pocitos, pintoresco suburbio de Montevideo, constituye en verdad, un lugar como el que se acaba de describir. Hace diez años que era un arenal árido en una ladera que se despeñaba hasta las mansas olas del océano. En cambio, hoy día la anchurosa avenida del Brasil, a lo largo de la cual se contemplan muchas imponentes y lujosas mansiones conduce hasta el cerro, y desde los rompientes se destaca un hotel que bien merece el calificativo de magnífico.
La historia de este suntuoso arrabal es muy sencilla. Algunos ciudadanos, que previeron las necesidades del pueblo de Montevideo, se resolvieron a adquirir estos terrenos, por los cuales la ciudad se extendía lenta y gradualmente hacia el mar, y los urbanizaron y explotaron conforme a todos los adelantos verdaderamente modernos, proporcionándole así al Uruguay una ciudad encantadora en la playa.
Pocitos no solamente atrae a los residentes de Montevideo que buscan descanso y sosiego y que desean gozar de los baños de mar y de una brisa deliciosa, sino también a los hombres de negocios de Buenos Aires, que van allí en busca del descanso y de una temperatura refrescante. En aquel ameno lugar se goza de una vida muy feliz, semejante a la que se hace en los lugares de temporada veraniega de la América del Norte. Sin embargo, allí todavía queda lo suficiente de eso que se denomina costumbres locales para que la existencia en este sitio se califique de característica.
Establécense distinciones muy marcadas en cuanto al tiempo en que se celebran ciertos actos sociales, como suele acontecer en los países de origen latino. Por ejemplo, los días de moda son los martes y jueves. Los residentes de Montevideo que tengan pretensiones sociales no se atreven a visitar esta incomparable playa excepto en esos dos días especiales en que en el gran muelle que penetra en el mar, desde el frente del hotel, se efectúan espléndidas y gratísimas reuniones durante el día y la noche. Un cordón interminable de damas y caballeros, vestidos con suma elegancia, entra y sale, pasando por entre las mesas dispuestas en el amplio y largo pórtico del hotel. Alrededor de cada mesa se reúnen grupos que contemplan los incidentes del paseo, mientras toman los refrescos. Los que hayan visto alguna vez a uno de los animados sitios veraniegos de la costa de los Estados Unidos, en los momentos de su apogeo, un domingo por la tarde, podrán trasladar la deslumbradora escena a un marco tropical; llenarlo de personajes escogidos, descendientes de la noble raza española; ataviarlos con arreglo a la última moda; y tendrán una idea de Pocitos tal como está en un día de moda.