—Y, sin embargo, no hay más remedio—dijo la campesina—, o someteros a la odiosa necesidad o ser despedida de Orsdael, dejando a vuestra hija entregada a sus verdugos.
La viuda estaba soportando dolores indecibles; su rostro se había puesto de una palidez mortal, sus manos temblaban de fiebre, los estremecimientos nerviosos recorrían todo su cuerpo.
—¡Qué situación tan terrible!—murmuró—El enemigo más cruel de mi hija me hablará de amor. Tendré que prestar oído a sus galanterías abominables... y decirle: «¡Os amo!», ¡manchar mis labios con estas palabras impías!
Hubo un silencio bastante largo. Cuando Catalina creyó que la emoción de su amiga se había calmado un tanto, repuso:
—Mi buena Marta, ésta es una batalla decisiva, tenéis que calcular las probabilidades con fría prudencia, como un soldado que ve al mismo tiempo la muerte y la victoria ante sus ojos. Quizá no tengáis que hacer un esfuerzo semejante sobre vos misma. Le he suplicado a Mathys que respete vuestro recato; quizá consigáis dejarlo satisfecho con algunas palabras ambiguas. Esperemos que se mantendrá dentro de los límites más estrictos; pero, sea como fuese, acordaos que tendréis que arrepentiros eternamente si, por falta de voluntad, os condenarais a vuestra hija y a vos a la desesperación y a la esclavitud. Tened compasión de vuestra triste suerte. Daría gracias a Dios si pudiera sufrir en vuestro lugar, pero...
En ese momento se abrió violentamente una de las ventanas del castillo, y una voz irritada llamó al aya por su nombre.
—Es la condesa—exclamó Marta asustada—, he dejado pasar la hora... Tenemos que entrar en casa... Alejaos, Catalina. ¡Ay! ¡cómo voy a ser regañada e insultada!
La campesina se alejó diciendo:
—Cueste lo que cueste, Marta, es preciso que os vuelva a ver hoy; quiero retemplaros para la prueba suprema. Yo también he emprendido un combate contra los verdugos de vuestra hija.
La viuda murmuró acercándose a la joven: