Sin embargo, su tono familiar y el giro atrevido de sus frases habían asustado a Marta, y, aunque hubiese conservado en sus labios una sonrisa fingida, había en su mirada algo de severo que detuvo a Mathys imponiéndole ser más respetuoso y reservado. No sabía ya qué decir, y balbuceó confusamente:

—De veras... es algo extraño... cuando se está herido en el corazón... las ideas se confunden. ¡El asunto me parecía tan fácil y sencillo!... En fin, a los cuarenta o a los veinte, el amor es siempre el amor... He venido para hablaros de una cosa que sin duda tiene que seros agradable y no sé por dónde comenzar.

—Hacéis mal, señor—dijo el aya con voz dulce—. Hablad; sea lo que fuere lo que tengáis que decirme, os escucharé con atención. Servíos tomar asiento.

—En efecto, así estaremos mejor—prosiguió Mathys algo cohibido—. Sentaos vos también, Marta. Parecéis estar inquieta. Teméis que la condesa nos sorprenda, ¿verdad? No tengáis cuidado; la he hecho ir con un pretexto fútil a la granja grande. Estará ausente una hora por lo menos. Vamos, no somos niños. ¿Puedo hablaros, Marta, con franqueza?

—Con toda franqueza, señor.

—Sí, pero no es como intendente del castillo, ni como vuestro superior que os lo pregunto, sino como amigo.

—Sois demasiado bondadoso, señor.

—Está bien, no comenzamos mal—dijo Mathys restregándose las manos—. En seguida nos entenderemos, Marta. Escuchadme: ¿Habréis notado, verdad, cómo desde el primer día de vuestra llegada a Orsdael os demostré amistad, cómo os protegí contra la crueldad y el odio de la condesa, cómo espiaba vuestros pasos y os seguía para tener la felicidad de encontraros y hablaros? ¿No habéis adivinado, acaso, la causa de este afecto?

—Creo haberla adivinado, señor. Os confesaré que me asusto porque sólo soy una sirvienta.

—¡Una sirvienta! Pero si tenéis la belleza, los ojos de una reina. Desde la primera vez que os vi, Marta, me impresionaron los encantos de vuestra persona, de vuestro lenguaje, de vuestra seductora sonrisa... No tembléis así, amiga mía; mis intenciones son puras y honradas. Ya sé que en materia de pudor sois muy severa y hasta muy hosca. Esa reserva me engañó en un principio, haciéndome creer que me despreciabais. Pero atribuyo un alto precio a la bondad, sobre todo en vos, hermosa Marta. Así, pues, es superfluo que os diga que os amo, lo sabéis de hace tiempo; sin embargo, todavía no conocéis la extensión de mi afecto. Noche y día pienso en vos, y vuestra imagen no me deja sosiego; mi más hermoso sueño consiste en haceros la compañera de mi vida, para jamás apartarme de vos, buena y querida Marta.