Al pronunciar estas palabras apasionadas, Mathys tomó la mano de la viuda.
Esta estaba pálida y a pesar de los violentos esfuerzos que hacía sobre sí misma, no podía dominar sus emociones, ni su visible estremecimiento.
Felizmente Mathys se equivocó con respecto a aquella emoción.
—Perdonad, Marta—dijo con más calma—, perdonad el sentimiento que me arrebata. ¡Ah! os lo ruego, antes de que os declare formalmente el objeto de mi visita, decidme que no habéis permanecido indiferente a mi cariño. Sé que vuestro corazón es sensible y agradecido, pero me sería muy dulce sentir una palabra halagüeña de vuestros labios queridos.
—¿Qué queréis que os diga?—balbuceó Marta casi dominada por la angustia—. ¿Qué deseáis que os responda?
—Una sola palabra: un «sí» quedo y breve, Marta. Marta, ¿me amáis?
El aya bajó silenciosamente la cabeza; su frente y sus mejillas se cubrieron de un vivo sonrojo. Sufría atrozmente y luchaba con desesperación contra la vergüenza que le causaba y le oprimía el corazón. Mathys la miraba con expresión de alegría y de triunfo. El, que era ya viejo, conseguiría por mujer una criatura hermosa, buena y que se sonrojaba como un niño a la primera palabra que pudiera rozar su rubor. Respetó un momento su silencio y preguntó:
—¿No me decís nada, Marta? ¿Me negáis la palabra que ha de hacerme feliz?
—Una mujer... mi posición respecto a vos. ¿Me exigís, me arrancáis esa confesión?
—Os lo suplico, Marta.